1. TUCUMÁN
Lo que había en el aljibe sería un agujero negro o un portal; las raíces de los árboles y los gatos enterrados atrás lo custodiaban celosamente de nuestras incursiones. También por los alrededores estaba la taza que había tirado para deshacerme de un té con leche frío. La taza había volado con el té y yo quedé estupefacta con el asa en la mano.
Pero
me refugié en la cama para rodearme de los personajes de Steinbeck que me
hacían soñar con el amor que más adelante conocería, mucho más adelante. (En
medio de las tejas rescataban a la madre del gato que había nacido el mismo año
que yo, aunque ella no parecía recordar que lo había parido).
Cuando
escuché que cortaban la ligustrina, me di cuenta de que iban a encontrar la
taza y de que la iban a reconocer: era beige y había sido un regalo. Falté al
colegio y me puse de rodillas en la ventana: necesitaba acercarme al cielo
despejado sabiendo que alguien de mi grado me extrañaba. Más tarde, mientras
recibía un reto que no merecía, el pino de la plaza permaneció quieto.
Esa
quietud era como una contracara, algo que se irradiaba desde otro lugar, o
quizás un lenguaje, como una palabra que se derramaba desde esa parte del cielo
que permanecía abierta, aun de noche; aun cuando los murciélagos sobrevolaban
la plaza.
En
el otro extremo del jardín, más cerca de las flores rosas, del pasto acolchonado,
una vecina me llamó para jugar, pero yo no quería ir… Ella creía en Papá Noel y
a mí me habían dicho que no existía.
La
taza apareció, mugrienta, en medio de las ramas y nadie se dio cuenta de nada.
Mi
abuela siguió su camino lento con las manos juntas y la pollera abrigada,
sonriéndonos si justo la mirábamos, cuando sonó el silbido de alguien que
llegaba. Yo corrí hacia el portón, masticando pan con gusto a agua.
Y
siguió todo como si nadie detectara que las cosas podían un día detenerse o
convertirse en algo distinto, y de manera tan paulatina que iba a parecer que
no estaba pasando nada.