8. BOULEVARD DE LA VICTOIRE
Hubo
un eclipse en el observatorio.
El
chico inmóvil en la moto era la cara verdadera del trámite de la mañana: alguien
se había acercado a una biblioteca para ver si estaba a tiempo de inscribirse
en algo, lo que fuera.
El
reflejo durante el eclipse parecía provenir de una sala con paredes, no del
cielo, y vació una luz tenue sobre el Boulevard que unía la parte vieja de la
ciudad, colmada de adornos y especias, con la parte nueva, donde esperaban una
estación de servicio quieta y una antigua fortaleza que envolvía a una idiota
que nunca dejaba de hablar.
Se
trataba de un lugar donde ya nadie tenía que estar. No tenían que seguir llegando,
ni quedarse, pero estaban. Nada de lo que había parecido indudable antes estaba
ahí. Ninguna posibilidad se unía con otra ni se relacionaba con nada.
En
el edificio que estaba enfrente del observatorio estaba prohibido abrir las
ventanas. Los carteles no lo explicaban, pero era por los suicidios.
Un
día de julio en ese lugar, hacía casi 500 años, las mujeres y los hombres habían
comenzado a bailar frenéticamente hasta caer muertos. No bailaban de alegría ni
se trataba de una celebración. Se habían vuelto locos.
