LOS GUARDIANES DE LA PLAZA

 

La voz de Dolores sonaba muy mal, así que Carla dejó lo que estaba haciendo para ir a verla a la plaza.

La música de los angelitos, que revoloteaban sobre las cabezas de las personas que caminaban esa mañana por Olivos, acompañaba la hermosura del día con mucho atino y Carla aminoró el paso para contemplar a los querubes que la seguían mientras tocaban las liras. Sus caritas lechosas, mofletudas, tenían un brillo especial ese día. Carla estaba tan encantada que en un momento se rió en voz alta, animada por las sonrisas cómplices, pero mudas, de esos seres tan curiosos.

Cuando estaba a unos metros del banco donde la esperaba su amiga, trató de disimular la alegría. Dolores estaba enfrente de la fuente; la espuma del agua saltaba jocosamente bajo los rayos del sol. Carla no podía creer que tuviera que poner tanto regocijo en pausa… Dolores y sus problemas parecían absurdos entre tanta exuberancia.

Esbozó una sonrisa compasiva mientras se acercaba, con una leve inclinación de la cabeza, y Dolores le respondió mirando para abajo como diciendo: “Qué sé yo…”. Antes de sentarse, Carla notó que el angelito Rogelio, que tocaba la lira junto a la calesita, sobrevolaba demasiado cerca de Dolores y el instrumento sonaba fuerte. Carla lo miró de reojo y detectó una sombra de suspicacia en su semblante rosado.

-Hola, linda -dijo Carla dándole un beso y un abrazo a su amiga-, ¿qué pasó?

-Como pasar no pasó nada, pero me siento para la mierda. Te juro que tengo un nudo en el estómago y no paro de llorar. No sé qué tengo.

-¿Pero discutieron o algo? -Carla no sabía si presionarla o no para que hablara.

-No, vos sabés que con Daniel es imposible discutir. Es demasiado tranquilo para eso. Pero lo noto más frío que nunca -trató de contenerse, pero no pudo y se largó a llorar como si no estuvieran en público-. Lo que más me duele es que me mira con un gesto de cariño que me parte en dos. ¡Él no me ama como yo lo amo a él! Lo supe siempre, pero no sé, pensé que quizás con el tiempo…

Carla le acariciaba la espalda tratando de entender qué habría disparado semejante angustia; miraba hacia abajo con el ceño fruncido pensando cuánto tendría que dejar durar el silencio. Se sobresaltó por una nota aguda de la lira del angelito. Miró hacia arriba y allí estaba el querubín observándola con dulzura. Carla le devolvió la sonrisa esperando que se alejara al menos un poco. Estaban conversando y era evidente que se trataba de un asunto privado. Rogelio no parecía interpretar el gesto. Carla lo miró fijamente durante varios segundos; Rogelio dio unas vueltas simpáticas mostrando las nalgas y siguió tocando la lira.

-¿Nos está jodiendo o me parece a mí? –dijo en voz baja Dolores, olvidándose de sus pesares.

-No creo, no va a ser tan turro. Aunque escuché gente quejándose de eso. Se acercan demasiado; a la mina de la mercería le metieron un talón en el ojo. Ya fue, quizás solo quiera tocar de buena onda. Aunque me está rompiendo bastante las pelotas con la lira, ¿no es demasiado agudo el sonido? –las dos estallaron en una carcajada animada, pero la risa de Dolores se volvió cada vez más histérica hasta que terminó en llanto.

-Do, no creo que sea tan terrible –la reconfortó Carla, incomodísima ante el llanto histérico de su amiga.

-Creo que está enamorado de mi cuñada.

-¡¿Qué?! –Carla no pudo contener la sorpresa.

-Obvio que no me dijo nada. Quizás ni él lo sepa, pero cada vez que salimos con su hermano y ella, no sabés... –Dolores tuvo un acceso de llanto incontrolable. Rogelio se acercó aún más. Sus piecitos, de un blanco que encandilaba, estaban a pocos centímetros de las molleras de las amigas-. Vos la viste, ella es divina, re piola… No sé, cada vez que estamos todos juntos, Daniel está como embobado, le saca conversación todo el tiempo, la mira todo el tiempo. Si ella hace alguna broma, por más estúpida que sea, el chabón se descostilla de risa. Además trata de impresionarla contando cosas del laburo y qué se yo...

-¿Hablaste con él de eso? -preguntó Carla moviendo la mano simulando alejar un mosquito, quizás Rogelio entendería el mensaje.

-No, ¿estás loca? No quiero armar un conventillo. Además no es como que ella genera la situación. Tampoco él intentaría nada. No se animaría.

Rogelio había advertido el movimiento de mano de Carla y en lugar de alejarse, desplegó una sonrisa de fábula y se ubicó un poco más abajo que antes.

-A lo mejor te parece a vos, Do, porque estás sensible. Quizás... Disculpame una cosita -dijo de repente parándose y dirigiéndose a Rogelio-, ¿te molestaría dejarnos solas que estamos conversando? La música que tocás es muy linda, me encanta, pero no escuchamos ni lo que decimos si tocás tan cerca.

Rogelio siguió con su música sin dejar de sonreír.

-Yo creo que nos está cargando –dijo Dolores sonándose la nariz y mirando confundida al querube.

-No te quepa duda que nos está cargando. ¡Disculpame, flaco, sabemos que ustedes no hablan, pero me parece que no tienen problemas para escuchar! –gritó Carla perdiendo del todo la paciencia.

-Pará, boluda, tampoco le hables así.

-Yo no quiero problemas, ya sé que quedaron fijos en esta plaza, me parece perfecto… Mirá la carita de boludo que pone. Nos está gozando... Bueno, ¿él nos ignora? Ignorémoslo a él, a lo mejor se cansa y se va.

-Bueno, nada… la mina es macanuda y si él le propusiera algo no aceptaría ni a palos. Pero lo que me mata de angustia a mí -siguió Dolores con dificultad-, es que me doy cuenta de lo que siente. Él quisiera quererme más, pero no me quiere y punto -Dolores se calló para entregarse al llanto.

Rogelio se había acercado tanto durante el llanto de Dolores, que sus rizos cobrizos rozaron la cabeza de Carla. De modo que ella se puso de pie y comenzó a gritarle sin medir lo que decía.

-Perdoname, Do, pero este tipo nos está jodiendo, no hay dudas. Escuchame una cosa... A mí me encanta verlos por la plaza, yo, de hecho, voté porque quedaran asignados acá en esta plaza, no soy de las que los quería echar eh, no te confundas… Está buenísimo lo que hacen de cuidar el lugar, llenarlo de música, me encanta. Pero hay un lugar y un momento para todo. Estamos tratando de conversar, vos te estás haciendo el sota y te acercás para escuchar la conversación. ¡Boluda no soy! Andate un rato con tus amiguitos y dejanos hablar en paz.

-Carla... Carla... -murmuró Dolores.

Mientras Carla se desquitaba y subía cada vez más la voz, una tropa de angelitos se fue congregando alrededor de Rogelio.

-¿Qué pasa, Do…? No te preocupes. Está todo bien. Lo único que quiero es un poco de respeto.

-Pero mirá, boluda, ya hay como diez -dijo Dolores señalando a los querubines que las rodeaban armando una ronda.

-¿Y qué me importa? ¿Qué nos van a hacer? Mirá las caras de infelices que tienen. Solo queremos conversar en privado, no queremos problemas con nadie.

Un estruendo de flautines y liras fue ahogando cada vez más la voz de Carla hasta que tuvo que callarse porque no se escuchaba ni a sí misma. Los angelitos, siempre con sus sonrisas luminosas, seguían tocando mientras se acercaban a las amigas sacudiendo suavemente los piecitos rollizos.

-¡Nos están pateando! –gritó Carla desaforada.

-Ya fue, vamos a otra parte y listo.

-Te juro que no lo puedo creer...

Carla y Dolores se fueron alejando sin salir de su asombro. Una vez instaladas en el café de enfrente, vieron cómo cada angelito volvía a su sitio. Rogelio siguió tocando la lira sobre el banco vacío, sonriendo con perturbadora santidad cada vez que se acercaba alguien. Carla no dejó de observarlo mientras sorbía su capuchino caliente; segurísima de que él estaba muy consciente de su mirada…

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