LOS GUARDIANES DE LA PLAZA La voz de Dolores sonaba muy mal, así que Carla dejó lo que estaba haciendo para ir a verla a la plaza. La música de los angelitos, que revoloteaban sobre las cabezas de las personas que caminaban esa mañana por Olivos, acompañaba la hermosura del día con mucho atino y Carla aminoró el paso para contemplar a los querubes que la seguían mientras tocaban las liras. Sus caritas lechosas, mofletudas, tenían un brillo especial ese día. Carla estaba tan encantada que en un momento se rió en voz alta, animada por las sonrisas cómplices, pero mudas, de esos seres tan curiosos.