3. MONASTERIO
Sabía
que la madre estaba levantada; desde la persiana entreabierta se veía que la
luz de la cocina estaba encendida. Seguramente estaría con una taza de té en la
mano, mirando hacia el patio oscuro.
Viviana
se moría por una galletita de chocolate. Si nadie había ido a su escondite en
el armario, habría tres todavía en el paquete. Se levantó de la cama y bajó
lentamente para no hacer ruido.
La
madre estaba medio dormida, su conversación era laxa y sinsentido; Viviana podía
comerse las galletitas, tomar agua y volver a la cama sin enredarse en charlas
que no quería tener.
La voz
acompasada de la madre, que no dejaba de mirar hacia afuera con dramatismo, la
relajaba mientras saboreaba el relleno de limón. Las dos estaban de pie frente
al ventanal y la oscuridad afuera daba la sensación de que el jardín era
interminable, aunque en la realidad del día era de un tamaño modesto.
Mientras
Viviana terminaba la última galletita del paquete, y la madre seguía con el té,
un movimiento muy leve, pero premeditado, se produjo en el fondo del jardín.
Viviana frunció el ceño y notó que una de las sillas de pronto se había vuelto
visible.
La
madre, en su conversación incesante, pero todavía rítmica, dijo algo sobre un
primo de Córdoba al que extrañaba. Viviana pensó que quizás debió haber
escuchado con un poco más de atención:
-Sigue
viviendo en Río Cuarto, ¿no?
-Sí.
En la
parte de la silla que se había vuelto visible aparecieron un par de piernas
sentadas, con zapatillas blancas, que miraban hacia la ventana de la cocina
como si fuera un cine. Sin darle importancia, Viviana le hizo un gesto a la
madre para que creyera que la escuchaba y se sirvió un vaso de agua.
-Bueno,
quizás cuando venga de visita, podés arreglar para que se vean.
-Hace
años que no nos vemos, Viviana, no puedo llamarlo así nomás.
-Inventá
algo, no sé… -y volteó hacia la madre, que hizo un gesto de irritación mientras
tomaba los últimos sorbos del té que ya estaría helado.
A ambos
lados de la silla con piernas aparecieron otras dos sillas, con dos pares de
piernas más, también con zapatillas y con pantalones deportivos de colores
crema y verde. Viviana se quedó muy quieta. La madre claramente no detectaba
nada alarmante.
No
había nada del otro mundo, solo tres hombres sentados en sillas, relajados, pero,
¿por qué no los había visto antes?
Paulatinamente,
y como si se estuviesen encendiendo luces tenues, se percató de que esos tres
hombres, con sus codos descansando sobre los apoyabrazos, estaban observándolas
a ellas. Viviana giró todo el cuerpo hacia la madre buscando alguna reacción, pero
ella seguía con el mismo gesto que antes, mirando hacia el patio oscuro,
ensimismada.
Viviana
notó que le temblaba el cuerpo, pero se esforzó por recapacitar y aferrarse a
cierta lógica: “Aparecieron de la nada… ¿Cómo es que no los vi? ¿Cómo puede ser
que no haya tomado conciencia del peligro de tres hombres en el patio
observándonos de noche?” Como si se siguieran encendiendo luces, vio cómo se
levantaban de las sillas y comenzaban a avanzar hacia la cocina.
Si
bien la voz de la madre la persuadía de una normalidad que parecía inalterable,
lo que pasaba afuera se volvía cada vez más real. Viviana dio unos pasos hacia
atrás, cada vez más consciente de lo que pasaba. ¿Cómo fue que internalizó tanto
esas figuras ahí afuera, observándolas?
Los
tres hombres no dejaban de avanzar; parecían haberse dado cuenta de que algo en
ella había cambiado en los últimos segundos.
Viviana
se desesperó: “¡¿Cómo puede ser?! ¡Hay tres tipos, de noche, sentados en el
patio mirándonos y yo no le di importancia! ¡¿Por qué no los vi antes?! ¡No
entiendo…!”
Mientras
retrocedía con el cuerpo jadeante, se tropezó con una de las sillas de madera que
cayó estrepitosamente al piso. Recién ahí la madre pareció salir de su sopor y
se dio vuelta. La miró desde muy lejos, con un odio impenetrable, acompañada
por esas tres figuras que se acercaban inexorablemente a la puerta de la cocina:
-¡Shhhh!
¡¿Qué querés… despertar a todos?!