UN VIAJE A LA CALLE CALIFORNIA

En algún momento, alguien dio una orden y el auto comenzó a deslizarse como si apenas rozara el piso. La noche dejaba pasar las luces de la ciudad por las ventanas, haciéndome sentir mirada y a salvo, a pesar de estar a medio vestir.

Me di cuenta de que estaba en La Boca.

Con una sonrisa de costado, como cuando pasa algo que uno esperaba, pensé en Quinquela Martín huérfano y en mi abuelo nacido en la calle California, donde vivió toda su infancia; y en cómo los dos estaban intrínsecamente unidos, y por lo tanto yo también a ellos… años después, desde ese auto moderno que se manejaba solo.

¿Se manejaba solo? ¿Quién había indicado a dónde ir y a dónde regresar? No recordaba cuándo me había subido ni cómo. Decidí que lo que fuera que había ordenado que diera ese paseo, me llevaría de vuelta a donde tenía que volver.

El dulzor oxidado de La Boca se derramaba en mí inexorablemente y me había llamado esa noche como un color que no quería ser olvidado… con los ojos divertidos de Tulio Saturnino, lo que más retuve de él, y su alianza con ese pintor que conoció la soledad prematuramente en el agua; donde quizás de niños jugaron juntos sin saberlo.

Entradas populares de este blog