EL HIPOPÓTAMO VIOLETA


El día que me acosté deseando que mi vida se trasladara a un sueño tuve la sensación de que se haría realidad. Aunque no pensé que sucedería tan al pie de la letra.

No era que despreciara mi vida, simplemente quería experimentar algo distinto, al menos una vez... En los sueños nada parecía ordinario o predecible. En la vigilia, en cambio, por mucho que uno se esforzara, a veces la mediocridad lo invadía todo como un cáncer indestructible y no quedaba nada trascendental, mágico o significativo. Me parecía imperdonable vivir así. Así que aquel ocho de febrero me acosté con la sola idea de trasladarme a un sueño, al que fuera, y vivir en él. Incluso llegué a repetir en voz alta como en un rezo: “Me voy a despertar en un sueño, me voy a despertar en un sueño, me voy a despertar en un sueño...” hasta que me dormí profundamente.

Lo que siguió no me resultó extraño. Aparecían personas conocidas; algunas me hablaban, otras no advertían mi presencia. Caminaba; en otros momentos parecía flotar; incluso traté de huir de una mujer con anteojos gruesos que me seguía. Se limitaba a caminar hacia mí, no corría ni se esforzaba, tampoco decía nada. Me miraba fijo y avanzaba, yo era su lugar de destino. Con el estómago duro por el miedo, traté de alejarme mientras la vereda se hacía cada vez más empinada… tanto que tuve que aferrarme a una de las baldosas agrietadas para no caer en línea recta hacia ella.

Una vez librada, inexplicablemente, de esa situación, me pregunté si ya estaba viviendo en el sueño, pero la idea pareció esfumarse sin que pudiera retenerla.

Cuando vi al hipopótamo violeta en la calle de tierra supe que no estaba ni imaginándome las cosas ni soñando como cualquier otra noche. Estaba presente de cuerpo y mente en aquel lugar. Estaba viviendo en mi sueño.

El hipopótamo me miraba consternado. Creí que sentía pena de mí, pero en seguida entendí que un dolor indecible le partía la cabeza, literalmente, en dos. Un precioso hueso de marfil le atravesaba la cara y salía hacia fuera como un cuerno. El pobre gemía sin dejar de mirarme, pero su lamento no se escuchaba, vibraba en una reverberación sorda. Miré a mi alrededor buscando algo con qué asistirlo; quizás pudiera quitarle el hueso. No soportaba su mirada lastimera.

Caminé por la calle de tierra bordeada de altísimo pinos en busca de algo o alguien que pudiera ayudarme. Corrí durante lo que parecieron ser horas, aunque no tenía modo de saber cuánto tiempo pasaba. Por momentos era de día, por momentos se hacía de noche y sin darme cuenta estaba envuelta por la luz del atardecer. En el camino cada tanto aparecía un banco con una chica que posaba para una foto… pero no había nadie que se la sacara.

Cubierta de un sudor frío, encontré a mi abuela materna leyendo revistas de espectáculos en la silla marrón que tan incómoda me resultaba de niña. Me acomodé junto a ella y bajo su mirada cálida, olvidé todo lo demás y me quedé. Sus manos arrugadas sobre mi cara y el olor a té me apaciguaron por completo. Caí, como hipnotizada, sobre las mantas que acababa de tejer.

Inmediatamente después me encontré en la puerta de una casa llena de rosas recibiendo un paquete de papel madera. El cartero era un hombrecito temeroso que no se animaba a mirarme. Sentí pena por él y le acaricié la mano con atrevimiento mientras tomaba el paquete. Ante el contacto levantó los ojos y pude ver a mi amiga Carolina con un gesto de reproche. Tratando de entender qué la habría ofendido, fui abriendo lentamente el paquete con la ayuda de mi gata Mimi, que tiraba de la cuerda sin dejar de maullar porque le dolían las encías. ¡Un hueso!

Crucé la calle en dirección al monumento de la plaza. Las campanas de la iglesia empezaron a sonar y el timbre de la escuela lanzó a decenas de colegiales hacia mí. Entre el mar de niños que no paraban de gritar y de sacudirse sin dirección alguna, vi al hipopótamo violeta mirándome desde muy lejos.

Me sentí terriblemente culpable, lo había abandonado. ¡El pobre gemía de dolor y yo lo había olvidado por completo! Me merecía aquella mirada interminable. Atravesé la plaza sin tocar el piso con los pies, pero sacudiéndolos con desesperación, hasta que llegué lo suficientemente cerca del hipopótamo como para que su gemido dejara de ser la vibración sorda que era para convertirse en un lamento articulado, dirigido a mí.

Me embargó un deseo incontrolable de llorar, pero no podía, el pecho se me hinchaba y sentía tanta tristeza que por momentos me quedaba ciega. Sin dudar le arranqué el hueso de marfil y un golpe insoportable me atravesó las sienes. El hipopótamo me miró con tanto ardor que creí que me iba a comer. Me sacudió con una de sus patas hasta estrellarme contra el ombú de la plaza y ahí me quedé.

Me limito a observarlo. Logré sacar el hueso de raíz, pero la cabeza le quedó partida en dos y no parece que vaya a sanar. En general se queda agazapado debajo del árbol como esperando que yo baje o haga algún movimiento en falso, pero cada tanto se aleja invitándome a descender.

El hueso de marfil lo tengo conmigo.

Cuando me mira con su acostumbrado recelo, no sé si es a mí o al hueso al que anhela.

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