EPIFANÍAS VIENDO LA PELÍCULA DONDE MACAULAY CULKIN HACE DE MALO
Cada tanto me encuentro viendo, reviendo o recordando series y películas que vi hace unos años con la esperanza de que me surjan epifanías interesantes. Quizás había alguna pista, alguna clave, algo que no detecté en su momento por el recelo ateo que siempre tuve y que hoy ya no tengo.
Suelo
preguntarme, sobre todo mientras tomo mate a la mañana y me quedo con la mirada
perdida en algún punto del edificio que tengo enfrente, si hay alguna misión específica
para cada uno de nosotros en esta existencia humana. De ser así, nada, me
gustaría asegurarme de estar cumpliéndola, de estar llevándola a cabo. Cuando
uno no pertenece a ningún grupo o religión porque desconfía de cualquier
organización politizada donde personas comunes y corrientes se autoproclaman
como guías, pero sí está en
plena explosión espiritual, aparece esa pregunta (después de todo somos todos
seres humanos teorizando, sacando conclusiones, pero ninguno se las sabe todas;
sino miren a Nietzsche, Schopenhauer y Descartes… todos muertos. Tan clara no
la tenían).
Creo
que una manera “razonable” de resolver esa cuestión, sería simplemente elegir
la mejor opción entre las que se nos van presentando. Cada día, en cada
situación, hacer lo que uno sabe que está bien, lo que uno sabe en su fuero
interno que es lo que tiene que hacer. Punto. Y quizás ese camino vaya
llevándonos adonde tenemos que ir y listo. No sé, digo yo... Tengo un profundo
sentido de la moral (soy consciente de lo poco canchero que suena eso) y creo
que hay cosas que están bien y otras que están mal de manera universal, eterna.
No creo en las morales que se adaptan convenientemente a los tiempos o a las circunstancias,
ni soy una nihilista. Así que listo, hago eso.
Pero
bueno, las más de las veces me encuentro con situaciones demasiado cotidianas
que me hacen sentir que mi vida no está teniendo el impacto que quisiera y que en
lugar de estar tomando grandes decisiones, tengo que elegir entre opciones
banales de la vida diaria. Y si bien me gustaría estar frente a grandes
momentos, instancias trascendentales, en realidad, son muy pocas las veces que
eso ocurre. Por otro lado, es cierto que uno es la suma de las miles de
decisiones que toma y tomó en la vida; y ahora que estoy más consciente de que
las tomo, o al menos quiero estarlo, darle significancia a las más pequeñas se
convierte, en sí mismo, en una decisión importante.
No
van a surgir muchas ocasiones donde estemos en un bote en altamar con dos
personas más y tengamos que decidir entre las tres cuál será sacrificada. Una debe
morir, ser arrojada al agua, ¡por algún motivo muy extraño eso les aseguraría
la supervivencia a las otras dos! Tampoco situaciones donde estemos en un
acantilado y tengamos que elegir entre salvar a nuestro hijo, que es un turro
que un momento trató de matarnos, o a su primo que es re macanudo y siempre
ayuda en la casa (me refiero a la película con Macaulay Culkin y el pibe del
“Señor de los Anillos”; ¡ahí tuve la epifanía!). No conviene esperar, quién
sabe cuánto tiempo, a que se nos presenten situaciones así de extremas para
poner a prueba nuestra fortaleza, nuestro carácter y terminar de entender quiénes
somos. Con darle peso a cada momento quizás sea suficiente.
Hace
unos días tomé un colectivo de la línea 67, y parada a mi lado había una mujer
mucho mayor que yo con una pinta de cansada impresionante. Yo, en cambio, venía
de un día relajadísimo, acababa de desayunar con un tostón (también conocido
como tostada) con huevos, palta, tomate y espinaca, escuchando un podcast sobre
cómo activar la glándula pineal. Tenía por delante un viaje de solo 15 minutos.
Se liberó un asiento cerca de donde esta mujer y yo estábamos paradas y en ese
mínimo momento, y no voy a convertirme en una careta “boy scout” por esto (por
más que, inexplicablemente, siempre haya pensado que ese era el gran peligro),
me pareció que en lugar de apurarme y sentarme, lo correcto iba a ser dejar que
se sentara ella. Y sí, si bien en el momento mi ego fue más fuerte y pensé:
“Qué divina que soy”, inmediatamente después me rescaté y me dije: “No te hagas
la mártir, dejaste un asiento, o mejor dicho, no te apuraste a sentarte, ¡porque
ni siquiera estabas cansada!”
Pero
bueno, si la vida me enfrentara a situaciones donde el impacto pueda ser mayor,
quiero creer que estaría a la altura. Después de todo, depende de mí. Tiendo a creer
que puede haber algo de forzado en esto de estar atentos a tomar la decisión
correcta, sobre todo en situaciones aparentemente inconsecuentes, y que uno
acabe creyéndose moralmente superior por eso, pero como tantas cosas que está
bien ajustar o volver intencionales, viene acompañado de la tarea de derribar
prejuicios.
