EL METAVERSO

“El uso del término ‘verso’ en Argentina hace referencia a algo que es falso o que es mentira”.

Cuando la realidad empieza a perder el sentido que parecía tener y adquiere una cualidad surreal, lejana (pero no como resultado de una evolución, sino de manera deliberada, direccionada), y hasta las palabras más simples ya no designan cosas de la realidad objetiva que todos vemos por igual…

Cuando hay un empeño en que sintamos miedo, de una manera u otra, en que dejemos de mirarnos a los ojos, de tocarnos, de sentirnos físicamente en esa realidad objetiva ya enrarecida…

Cuando hay una clara insistencia en dificultar la interacción que conocíamos para reemplazarla por una virtual, intervenida, funcional, donde las emociones humanas se conviertan en un eco observado con desapego, donde nos volvamos cada vez más obsoletos…

Cuando todo esto se construye y diseña con un ahínco que resulta sospechoso en grupos y sectores que expresan sin eufemismos que la superpoblación humana es un problema, que la humanidad es un virus que le hace daño al planeta…

Cuando los principales medios de comunicación se embarcan en una campaña feroz, y curiosamente unánime, para convencernos de que esos mismos grupos y sectores, con niveles de poder que nadie jamás debería tener, se ocupan solo de nuestro bienestar y de nuestra salud…

Cuando los espacios históricamente cuestionadores de los poderes concentrados no exhiben ni la más mínima suspicacia frente a semejante nivel de manipulación, de mentira, de verso, de Metaverso…

En esos casos, los métodos que quizás uno usó tradicionalmente para entender, para desenmarañar lo que tiene enfrente y separar la paja del trigo, ya no parecieran servir; porque esos métodos, esos lugares de acceso a la información, al conocimiento, están intervenidos, curados, de una manera cada vez más orwelliana.

Hay algo que se movió, que se corrió; quienes nos informaban no solo no nos informan, si es que alguna vez lo hicieron, sino que nos manipulan de manera burda. Y es ahí donde es uno el que debe correrse, es uno el que debe moverse para no quedar totalmente a ciegas y separado por completo de ese momento mágico, de pausa brevísima, en el que uno, consciente de su autonomía, de su subjetividad (que está ahí resistiendo, aunque formemos parte de una sociedad), saca sus propias conclusiones.

Es ahí mismo donde hay que poner en práctica esto de “salir de la zona de confort”, sacudirse el sopor de la existencia en piloto automático y abrir los ojos, estar alerta, para adentrarse en ámbitos nuevos, desconocidos; empezar a barajar enfoques, abordajes, distintos, porque salir de la zona de confort es precisamente eso: incómodo, extraño y uno se siente ignorante, torpe.

Por algo es que la frase: “Solo sé que no sé nada” es considerada tan sabia. Dudo que esto de salir de la zona de confort no venga acompañado de tener que revisar muchos prejuicios, certidumbres y replantearse la naturaleza de las cosas más básicas.

¿Y por qué hacer eso, incomodarse tanto? La vida también debería ser disfrute, alegría y bienestar. ¿Por qué sufrir esas transformaciones dolorosas que salen caro? Por ese bichito molesto que pica y azuza constantemente: ¡la verdad!, por más grandilocuente que suene.

Stanislavski hablaba del sentido de la verdad para explicar eso que los actores debían tener incorporado (literalmente, en sus cuerpos) para poder llevar verdad a su actuación y entender en sí mismos cuándo había falsedad en algo que hacían y cuándo no.

Del mismo modo que todos y cada uno de nosotros sabríamos identificar un acto de injusticia innegable, como que una persona atada, tirada en el piso y sin posibilidad de defenderse sea pateada insensiblemente por otra… Sea cual sea la causa o las razones, todos sabemos que ese acto en sí mismo es condenable. Frente a eso, uno sabe instintivamente que la verdad es una, más allá de las justificaciones que puedan surgir después. Y si uno no aplica ese “sentido de la verdad”, ¿de qué sirve tener ese termómetro “incorporado”, esa sensación molesta que aparece cuando estamos frente a algo que sabemos que no está bien?

Igual que la insistencia de nuestro inconsciente cuando hay algo con lo que no nos sinceramos; podemos ignorar lo que nos dice una y otra vez, sin darnos tregua y de todas las maneras posibles, pero si nunca lo escuchamos y no actuamos en consecuencia, termina por aturdirnos y explotar en el momento menos pensado generando daños irreparables.

Hay que escuchar con atención, porque los sectores dominantes se jactan del poder que tienen. Ellos, no una fuerza superior a nosotros, sino grupos de seres humanos como nosotros, planean nuestros destinos desde hace años, nos mienten sistemáticamente y juegan con nuestras mentes y nuestros corazones (ya adquirieron las herramientas necesarias para hacerlo a escala global), y si tan solo los vemos por lo que realmente son, vamos a escucharlos hablar con toda claridad: “Nosotros, los seres humanos, deberíamos habituarnos a la idea de que ya no somos almas misteriosas, ahora somos animales hackeables” (“We humans should get used to the idea that we are no longer mysterious souls, we are now hackable animals”), Dr. Yuval Noah Harari, World Economic Forum, reunión anual 2020.

No puedo hablar por los demás, pero cuando alguien me ataca, me subestima, me reduce, sugiere que no estoy a la altura o que soy inferior de algún modo, reacciono, me defiendo y sale lo mejor de mí porque ante el desamor afuera, me sale un amor propio profundo, con una fuerza que yo misma desconocía.

El ruido de las presiones sociales, de las ideologías, del deseo de pertenencia (con sus exigencias de una lealtad que nunca es recíproca), más tarde o más temprano nos aleja de ese sentido de la verdad, que no va a estar necesariamente unido a ningún grupo, no de manera fija al menos. Va a tener siempre una existencia independiente de todo eso. Somos nosotros los que tenemos que movernos, corrernos, y seguir a ese sentido de la verdad adonde nos lleve.

Más allá de toda distopia, hay una clara intención de zombificar cada vez más a la humanidad, de convencerla de que solo existe como “funcionalidad”; de que cada uno de nosotros no se vea a sí mismo como una individualidad autónoma, sino solo como perteneciente a una masa donde nuestra subjetividad, y por ende nuestra libertad individual, desaparezca por completo.

No debe haber nada nada más enemigo de la humanidad, más desamorado, que despreciar la libertad en los demás y en nosotros mismos (aunque más no sea la promesa de esa libertad).

Si hay algo que el ser humano es y seguirá siendo siempre, como todo lo que existe, es profundamente misterioso… Y solo alcanzando la mayor libertad posible podrá ahondar sobre ese misterio y expandirse.

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