6. ALBERDI
Decidí
acostarme sobre los adoquines porque no circulaban muchos autos y lo que estaba
pasando en el cielo demandaba toda mi atención.
Si
alguien se asomaba por mi balcón y miraba hacia abajo, girando levemente hacia
la derecha, me habría visto acostada con una sonrisa desmesurada, como drogada.
Y eso hacía Emiliano, me observaba divertido, pero fue otra la persona que me
dijo: “Dale, pero apurate que la comida ya casi está”. Y la voz no provino del
balcón, sino de la esquina más alejada.
Los
rombos rojos que surcaban el cielo parecían emular aviones de la Segunda Guerra
Mundial en un alegre desfile aéreo; se deslizaban con movimientos simples y
prolijos, pero de una belleza honda que no podía descifrar.
Comenzó
a soplar un viento que me despegó del suelo con cierta fluctuación, pero con
fuerza y dudé, dudé como suelo dudar, y noté que mis músculos se contraían, que
algunas partes de mi cuerpo ejercían más peso. También noté que si me relajaba,
me hacía más liviana, y conforme iba aflojando miembros y músculos, el viento
me envolvía y me elevaba con sensualidad, restándole importancia a mi apego por
el suelo.
Así
que me rendí, ávida de entregarme, aunque temerosa también del fuego, siempre
dispuesto a estallar en mi centro. Pensé: “Tengo que dejar de resistirme, tengo
que relajarme, ¡dejar de luchar! Si me caigo y experimento un dolor
insoportable, que así sea… esto lo amerita”. Y volé, primero en vertical, con
los pies hacia arriba como entrando a un túnel en el aire que me transportaba a
una velocidad estrepitosa. Confié en esas partes de mi cuerpo que sabían algo que
yo no. El vuelo se hizo más apacible hasta que alcancé alturas donde ya no
había vuelta atrás.
Cuando
descendí sobre una vereda angostísima, ya desprovista de luz solar, entendí que
la barrera y el paso a nivel habían quedado atrás. Me apenó la ausencia de una ceremonia
de despedida, pero, ¿por qué pretendía saber cómo debían darse esas cosas?
Había un bar eslavo abierto y entré, aun sin hablar el idioma.
Hombres
jóvenes, barbudos, me miraron con curiosidad y timidez; me sentí halagada, pero
me ubiqué lejos, en una mesa larga con gente antipática y una moza que parecía
odiarme.
Miré
lo que estaban comiendo los demás y pedí algo exhibiendo una simpatía que nadie
ahí se merecía. ¿Estaba en ese bar por destino? ¿Era por eso que el viento me
había arrancado de Alberdi? Lamenté mi insistencia en buscar respuestas y traté
de hacerme a un lado, como sabía que podía.
Atravesé
la puerta de una cocina donde había un desconocido ocupado en tareas cotidianas
y Emiliano, o mejor dicho su espalda, yendo de un lado al otro como si siempre
hubiese estado ahí.
Noté
que tenía entre mis manos una planta que seguía intacta, la planta y su flor
roja. En esa cocina iba a tener la estabilidad para seguir creciendo. La
espalda de Emiliano seguía correteando, dispuesta a atender, a cuidar, a
acompañar. Yo desconfiaba porque la conocía; pero no dije nada.
Me quedé en la cocina un rato, solo para tomar algo; estaba muy satisfecha, por haberme acostado para mirar esos rombos, por dejar que me arrancara el viento y que me atravesara eso que cada tanto me volvía a lugares conocidos para darme amor.
