EN EL TREN


Estaba lo suficientemente lejos como para saber que no era posible verla bien. Aunque estuviera casi segura de quién era.

Quizás fuera el hecho de que estaba viajando por zonas por las que nunca había estado… y si bien tenía previsto bajarme en Dartford y tomar el tren de vuelta, vía London Bridge y Waterloo, me asustaba alejarme tanto de la ciudad, en una tierra que no dejaba de ser extranjera por más que hiciera bastante tiempo que vivía ahí. Inglaterra seguía teniendo algo inconmovible que se me resistía, pero que quizás pretendía justamente lo opuesto; como un animal desconfiado, frío, que mira de lejos, pero anhela que se le acerquen.

La estación que acababa de pasar era Albany Park. Y como ella parecía seguir durmiendo, estuve a punto de levantarme y sentarme en el asiento que estaba justo enfrente para observarla de cerca. Si de pronto abría la ojos y me miraba, y la realidad seguía siendo como yo la conocía, le diría: “Sorry, I thought you were somebody else”.

Me cansé de mirarla y me distraje con el paisaje. ¿Cómo podía ser que me hipnotizara tanto cualquier vista desde un vehículo en movimiento? ¡Porque me pasaba en cualquier parte, en el tren Sarmiento o en cualquier colectivo de Buenos Aires recorriendo zonas que conocía de memoria! De pronto se movió y la vi mejor.

¡¿Qué hacía ahí?! ¿A dónde iba? ¿Qué significaba que estuviera en el mismo tren que yo? Ni siquiera me miraba. ¿No me veía? Me agité tanto que se me nubló la vista, pero cuando pasó una señora que venía del otro vagón, que me miró directamente a la cara, me tranquilicé. Yo sí estaba ahí.

Se hacía de noche. ¿Y si llegaba a la terminal y el tren de vuelta no salía? Podía perderme y quedar varada en esas tierras superpobladas de espíritus envueltos en sonidos metálicos, acentos cerrados, olor a sangre mezclada con barro, bajo ese cielo deslucido que presionaba siempre un poco más hacia abajo.

Dos estaciones más tarde, estábamos solo ella y yo en el vagón. ¡Era igual!

Se movió en el asiento y con un gesto horrorosamente veloz, miró en mi dirección; no soporté los nervios y giré la cabeza hacia la ventana. Por el rabillo del ojo detecté que estaba quieta… Ella también se había dado cuenta. No podía moverme del pánico, ¡ya no quería mirarla de frente! No me importaba ser una cobarde y vivir así por el resto de mi vida. Su cabeza seguía erguida y mirando en mi dirección. Estábamos solo ella y yo en el vagón, ¡¿a quién más podía estar mirando?! Se me secó la garganta y sentí que me iba a desmayar.

El tren comenzó a bajar la velocidad y deseé con todas mis fuerzas que se bajara de una vez, ni siquiera la iba a mirar alejarse por la plataforma.

Por fortuna, un arrojo más fuerte que mi decisión se apoderó de mí y la miré de frente. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo espantoso… Giró la cabeza hacia la ventana con absoluta despreocupación. ¡No se parecía a mí en lo más mínimo! La miopía seguía aprovechándose de mis tendencias impresionables.

Pero no era la primera vez que me pasaba algo así. Era como si siempre estuviera intuyendo una explosión que se anunciaba con destellos, sonidos lejanos, intermitentes, que venían desde el fondo de algo, haciéndome dudar de la realidad como la conocía; como si me estuvieran susurrando algo a cuentagotas, de manera arbitraria, y fuera yo la que tuviera que unir los cabos sueltos.

Pero no… una vez más, la manifestación, el gran paso a otra cosa, no vendría en ese momento, seguía esperándome más adelante. Oh well!

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