EL SEÑOR DE LA CAMISETA

“Fíjese cuando lo vea, fíjese; ese hombre no tiene piel como usted o yo, si lo mira bien de cerca se va a dar cuenta que tiene cuero. ¿Cómo puede ser que ande por la calle con una camiseta y nada más? ¡Con el frío que hace! No, ese señor no es de acá…” Se le grabaron con fuego esas palabras que la panadera le había dicho a una vecina del barrio mientras le daba el vuelto, como si ella, Alicia, no estuviera ahí. Mejor así, prefería que la ignoraran, le tenía miedo a esa panadera de pelo corto; la miraba demasiado fijo cuando la atendía y fruncía el ceño como si desconfiara de ella.

Alicia decidió que cuando viera a las chicas en la plaza les hablaría del tema, del señor con cuero. De una manera u otra había que averiguar si realmente tenía cuero en lugar de piel. Si era cierto, significaba que no era un ser humano. ¡Quizás viniera de otro planeta! Pero el señor, que siempre se paseaba con una camiseta blanca, parecía muy simpático. La gente lo miraba mal porque solo se vestía con la camiseta en pleno invierno y porque cantaba tangos en voz alta. Pero las veces que Alicia lo había visto por la calle, él siempre sonreía y una vez le guiñó el ojo con cara de bueno.

            Cuando les comentó el misterio a sus amigas, ninguna consideró que el hombre pudiera ser inofensivo. “Sí, mi mamá también me dijo que tenía cuero”, sentenció Marina entrecerrando los ojos. “Además es un loco, ¿cómo va andar por la calle cantando a los gritos de esa manera? Mi papá dice que se debe haber escapado de un loquero”, agregó Cintia. Alicia se arrepintió en seguida de haberles planteado el problema. En esos momentos se preguntaba si no era mejor el otro grupo de amigas que había en el curso, aunque estuviera la insoportable de Elsa que no paraba de contar cosas de sus primos que tenían una quinta en Parque Leloir.

           El hombre vivía a ocho cuadras de la iglesia. Cuando la mandaran a comprar a la tarde, se iría unos minutos a inspeccionar la casa. Al menos desde la entrada. Si tenía alguna conexión con seres de otro mundo, tendría que haber alguna prueba, quizás un aparato con el que se comunicara con ellos.

           Cuando llegó a la esquina, tuvo ganas de llorar de los nervios. Estaba a punto de dar la media vuelta cuando vio que el señor salía de su casa y se dirigía hacia la otra esquina. Sabiendo que nadie la descubriría, se animó a seguir hasta la casa y espiar desde la vereda.

            Los perros que estaban en el jardín parecían ladrar de otra manera. Había uno que se la quedó mirando sin ladrar ni una sola vez. A Alicia eso le pareció muy extraño y lo miró fijamente. Detectó en él una inteligencia superior a la de cualquier otro perro. “Claro, ellos vinieron con el señor. Tienen cuerpo de perro porque si no los atraparían los de la NASA y no pueden arriesgarse a que se conozcan los secretos de su planeta”.

Mientras comenzaba a penetrar el jardín, se asombró de su valentía y supo que después de atreverse a algo así, no habría nada que le volviera a causar miedo. Se asomó por la ventana de la cocina y ¡una prueba! Había una radio plateada con el dibujo de un mapamundi. La radio emitía unos sonidos muy extraños. Alicia se quedó escuchando con el ceño fruncido, convencida de que había una lógica en esos soniditos de bocina que emitía el aparato.

Pasó un auto y salió disparada para la calle; se tropezó con uno de los perros y todos, al unísono y de manera sincronizada, empezaron a ladrar mientras la miraban con una profundidad inusitada. Alicia se encontró en el piso, desesperada, sin saber qué hacer; el griterío de los perros era ensordecedor.

De pronto escuchó una voz desde adentro de la casa, “¿Quién está ahí?” Alicia quiso mover los brazos para levantarse pero no pudo y los perros no dejaban de mirarla y de ladrar como poseídos por una fuerza superior. Sintió una mano sobre el hombro y cerró los ojos para ver si así se escapaba de la situación. La mano la obligó a girar y abrió los ojos sabiendo que ese era el fin… ¡la panadera!

La que estaba enfrente de ella agarrándola fuertemente del hombro, vestida con una pollera y un corpiño rosa, era la panadera de pelo corto. El cuerpo de Alicia se relajó y las dos mujeres se miraron durante varios segundos.

Cuando la panadera finalmente le soltó el hombro, Alicia se levantó, se acomodó la hebilla y se fue caminando lentamente.

¿Qué iba a hacer si la mandaban a comprar pan al día siguiente?

“Le pido a mi vecina de la vuelta que venga conmigo y que ella pida el pan. Y si no quiere, le pago con dos facturas de dulce de leche”.

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