UN MUEBLE COSTOSO

Después de pensarlo mucho y de hacer cuentas, decidí que lo mejor iba a ser comprar ese mueble para la computadora, por más caro que fuera… No pensé que mi vida iba a complicarse tanto.

Estaba preparada para los sacrificios que implicaría pagarlo, quizás tuviera que recortar varios gastos, pero me dije: “Bueno che, me va a durar toda la vida y pagarlo me va a llevar, como mucho, un año; me la banco y listo”.

Entré al local sobre la avenida y fui directo al mueble, tratando de disimular el aire altanero de quien elige en lugar de esperar que lo elijan. Después de revisar el estado de la madera y la pintura, de abrir los cajoncitos y asegurarme de que fuera tan sólido como aparentaba, fui a la caja y le dije a la vendedora: “Qué tal, me quería llevar ese mueble, por favor”.

La empleada buscó unos talonarios sin mirarme y se acercó a un escritorio de aglomerado que estaba en la esquina.

-No, ese no… el de roble -afirmé, mirando para otro lado.

-¡Ah! Pensé que me decías este de acá -contestó ruborizada-. Es uno de esos muebles que te van a durar toda la vida. Es el último que nos queda. Se nota que tenés buen ojo porque es de primera.

Sí. Mi familia de clase media siempre me decía: “Vos, querida, más vale que te cases con alguien de plata porque tenés unos gustos...” Yo recibía la observación con modestia fingida.

Una vez que terminamos de arreglar el horario de entrega, la vendedora me hizo pasar a un cuartito donde había una mesita con tazas de café a medio tomar y una mesada alta que me llamó la atención.

-No te preocupes que no te va a doler, hace mucho que lo hacemos, este local es uno de los más caros de la zona -la vendedora dijo esto mientras se ubicaba junto a otro vendedor que me miraba con aire protocolar, pero relajado.

-Sí, vos inclinate sobre esta mesada que entre ella y yo te arrancamos la cabeza. Perdoname que no me presenté, yo soy Roque -dijo el vendedor.

Al ver que yo dudaba y que claramente no entendía lo que pasaba, me explicó los métodos de venta.

-Vos te inclinás sobre la mesada, nosotros dos te arrancamos la cabeza… tranquila que con todo el cuidado del mundo, y listo. Pagaste en cuotas, así que cuando termines de pagar la última, venís a buscarla. Te juro que vas a poder llevar el día a día sin problema. Vas a ver, parece que no, pero es posible. No sos la primera a la que le arrancan la cabeza… -se rio mirando a su compañera que me observaba con sonrisa benévola, haciéndome sentir extrañamente cómoda.

-Pero... disculpame, ¿dónde la van a dejar? -pregunté, entendiendo que así era el sistema y que no podía hacer nada si quería llevarme ese mueble carísimo.

-Tenemos una heladerita donde las vamos guardando hasta que los clientes vienen a retirarlas.

Dicho esto, abrió la puerta metálica de una heladera bastante grande en realidad. Adentro había muchas cabecitas ubicadas prolijamente sobre bandejas. La mayoría tenía los ojos cerrados, pero había una que tenía los ojos bien abiertos y me dio mucha pena porque me miró como diciendo: “¿Y qué le vas a hacer?”

-Está bien… Pero tengan cuidado, por favor.

-¡Obvio! No te preocupes -dijo Roque.

Apoyé la cartera en una silla y me incliné sobre la mesada, confiando en que serían gentiles y me arrancarían la cabeza con el profesionalismo que parecían tener.

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