JET PROPULSION LABORATORY
Cuando
tenía diez años alguien me llamó diciendo: “¡Ani, hay un sobre para vos!” Me
asusté. No entendía qué podía implicar eso y, como solía pasarme, asumí que me
iban a retar por alguna cosa. Pero miré a mi alrededor y todos sonreían: “Sí,
andá adelante, hay un cartero con un sobre para vos”.
Fui
caminando solemnemente hacia “adelante” (en mi recuerdo había gente a mis
costados acompañando mi avance con una mezcla de orgullo y de envidia
involuntaria por la vida extraordinaria que me espiaba desde el futuro).
“Adelante” era la parte de la casa que daba a la vereda. Ya de por sí era un
espacio lleno de misticismo porque unía la casa con el mundo, compuesto por la
plaza, la iglesia, el colegio, la parada del colectivo que te llevaba a
capital, todo empezaba ahí, “adelante”. Y ahí mismo, en efecto, había alguien
con un sobre para mí.
Alrededor
de ese alguien, un cartero cuya cara me encantaría acordarme, había algunos
miembros de mi familia, esperando que yo llegara hasta ellos. Cuando finalmente
llegué a destino, me hicieron entrega de un sobre grande, de papel madera. Por
primera vez en mi vida veía mi nombre impreso en mayúsculas debajo de una
etiqueta oficial del lugar de donde venía: “NASA, Jet Propulsion Laboratory,
Pasadena, California”.
Unos
meses antes, desesperada por tener alguna respuesta sobre el mundo de la
astronomía que había irrumpido en mi vida como en la de tantos en esa época, por
películas, series, las exploraciones espaciales mismas, le había insistido a
mis padres que me llevaran a la NASA o que alguien me dijera qué tenía que
hacer para poder viajar al espacio en algún momento de mi vida, ¡algo! Insistí
con tanta angustia que me propusieron escribirles una carta a ellos, a los de
la NASA; mi mamá la iba a traducir al inglés y la mandarían por correo a Jet
Propulsion Laboratory, Pasadena, California, para que ellos me sugirieran qué
convenía hacer. En mi cabeza de alumna aplicada me imaginaba que les generaría
ternura que yo, una niña de un país lejano del tercer mundo, quisiera tener más
conocimiento; me gustaba ganarme el cariño de los demás de esa manera. No sé si
me curé tanto de eso.
Y
así fue, mi mamá tradujo la carta que yo había escrito pidiéndoles que me enviaran
información porque de grande, quería estudiar astronomía en la NASA. Me
conmueve imaginar que mis padres de hecho fueron al correo y mandaron la carta.
Y
claro, alguien, quién sabe quién o cómo, recibió esa carta, ahí en Jet
Propulsion Laboratory, Pasadena, California, y decidió escribir de vuelta
diciendo que estaban encantados con que me interesara por el espacio exterior y
que por eso me mandaban alrededor de veinte fotos hermosas de la Luna, Marte, Venus
y demás… Todas fotos que conservo por supuesto.
Ahora
que la NASA inexplicablemente reconoce que hubo avistamientos de ovnis, de objetos
voladores que no identifica como pertenecientes a tecnología humana, estuve
rememorando esos encuentros cercanos religiosamente. Porque cada vez que me
acuerdo del asunto, suenan las palabras impresas en el sobre con la cadencia de
un rezo: “NASA, Jet Propulsion Laboratory, Pasadena, California”, “NASA, Jet
Propulsion Laboratory, Pasadena, California”, “NASA, Jet Propulsion Laboratory,
Pasadena, California”… pronunciadas en castellano argentino, porque de chica no
hablaba mucho inglés y las leía en voz alta sin parar.
Lo
que sentí ese día seguramente se pareciera mucho a lo que habrán experimentado
los niños y niñas de los años ’50 que recibieron bicicletas y regalos de Evita
y Perón. Con sus diferencias claro, a los niños de mediados del siglo pasado
los adoctrinaba el peronismo y a mí, en cualquier caso, el imperialismo yanqui.
Nunca fui ni seré peronista, pero digamos que entiendo el sentimiento. De niña
además soñaba con ir a ese país lejano de donde provenían todas las figuras de
la tele, del cine y demás. Después sobrevinieron años de desencantamiento, de
conocer lo que significaban los términos: “imperialismo”, “tercer mundo” y
“colonialismo cultural” y rechacé de cuajo todo eso que me fascinaba antes.
¡Ay, la NASA y los métodos del primer peronismo… cuántos golpes bajos!
Pasados
unos años más, pude volver a esos primeros amores de una manera más auténtica, despojada
de creencias que no me pertenecían y embebida de otras que me hacían mirar todo
aquello con un amor más maduro. Me habían llegado al corazón, y es difícil resistirse
cuando te llegan al corazón.
El contacto con la NASA me hizo entender que yo existía para otros, fuera de las personas de carne y hueso que tenía a mi alrededor, y eso tuvo un efecto indeleble. Hoy a la luz del inusitado reconocimiento oficial de avistamientos de ovnis, me embarga la sensación de que no solo yo, sino todos en este planeta existimos para otros… más allá. Porque si bien cualquier teoría concreta de existencia de vida extraterrestre pareciera muy difícil de demostrar, resulta absurdo creer que somos los únicos seres vivos en el universo.
