EL ORIGEN

 

“La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante”, Soren Kierkegaard.

Siempre hay un punto de origen. Las molestias, las interacciones, los comportamientos que no terminan de cerrar, las incomodidades… todo empezó a hacer ruido en algún momento y quizás fue el germen de resentimientos inofensivos, pero que se van actualizando cuando una, ya adulta, se creía tan superada.

La madre de una amiga le ponía muy poca manteca al pan y no calentaba el café con leche. O sea, hacía el café y le agregaba leche fría de la heladera, de modo que el café con leche quedaba frío. No me gustaba frío, y definitivamente no me gustaba que le pusiera tan poca manteca al pan. Tampoco dejaba la manteca sobre la mesa, como para que una se pusiera de última; ya teníamos 7 años y podíamos hacerlo solitas. Ella preparaba todo en su mesada (me acuerdo porque trataba de espiar mientras mi amiga me hablaba de no sé qué pavada) y después lo dejaba sobre la mesa. Yo le daba las gracias, tratando de ocultar mi mal humor, y empezaba a comer, ¿qué iba a hacer? Pero miraba a mi amiga cada tanto para ver si me hacía algún gesto cómplice, algo que sugiriera: “Sí, mi vieja es la peor con la manteca…”, pero seguía hablando mientras se comía ese pedazo de pan con manteca ridículo, sin la más mínima queja. Nunca lo pude entender.

Otra amiga del barrio tenía un sentido de solidaridad con los padres que yo jamás tuve con los míos. Cuando escuchábamos música con su grabadora, era muy consciente del gasto de las pilas. Las dos estábamos igual de desesperadas por escuchar un millón de veces esa canción que nos encantaba y que nos hacía fantasear con futuras conquistas amorosas (sí, también nos íbamos a enamorar, pero no tanto como ellos de nosotras), pero de pronto paraba la reproducción y decía: “No, bueno, ya está, no podemos rebobinar otra vez porque gasta muchas pilas”. Yo me quedaba helada en situaciones así; no decía nada porque fui criada por baby boomers que no me inculcaron la protesta a tan corta edad, pero explotaba por dentro con una confusión insoportable… “¡¿Qué importaba si gastaba pilas?! ¡Qué se gasten! ¡¿Para qué están?! ¡¿Desde cuándo era una preocupación la economía de la casa donde vivíamos?! ¡Nuestros padres estaban para mantenernos, viejo! ¡Problema de ellos!” Pero así era ella, tenía consciencia de la economía familiar y de que había que cuidarla. La amistad no duró.

Tampoco pude olvidar la frustración y la bronca que sentía cuando adultos, seres humanos veinte, treinta años mayores que yo, se me colaban en la fila de la verdulería cuando yo no tenía más de diez años. Recuerdo específicamente a una mujer con un jean gastado y un pullover de escote en V, color crema, trenzado, bajita ella (más alta que yo en ese momento, claramente, pero era una mujer bajita; eso debía haberle dado más empatía, pero no…), ahí parada haciendo la fila, y cuando llegaba mi momento, yo, tímida, antes de empezar a decir lo que tenía memorizado: “2 kilos de papas, por favor…”, veía, estupefacta, cómo ella, con su mejor cara de idiota (aunque yo no tenía manera de saber si era su mejor versión), se adelantaba y empezaba a pedir lo suyo. Y NADIE, absolutamente nadie intercedía por mí. Había un par de personas alrededor, incluyendo al verdulero, que tenían plena consciencia de lo que estaba pasando. Pero claro, yo era una pobre infeliz de diez años, y ellos ya tenían encima varios años de frustraciones y desilusiones, pensarían que no me vendría mal saborear la injusticia desde temprano. Y ahí me quedaba, callada, mirándolos desde abajo con los ojos redondos, empezando a entender cómo funcionaba la sociedad. Me consuelo pensando que el karma habrá hecho lo suyo. O no, por supuesto, siempre está esa otra opción.

Año 1991, septiembre… quizás octubre. Estaba en el patio del colegio y escuchaba a mi alrededor algo sobre el cumpleaños de una de mis compañeras. No entendía si había cumplido, si iba a cumplir o qué. A decir verdad tampoco me importaba mucho porque no éramos muy íntimas y las pocas veces que había ido a su casa, había notado que tenía la clase de padres que se quedaban haciendo conversación. Eran simpáticos, pero yo no iba a la casa de mis compañeras para hacer sociales con los padres. Perdón, pero no me cabía mucho esa. Decidí entonces sacarme la duda acercándome a ella, que estaba cerca del mástil acomodándose el delantal, y le pregunté de una: “Che, ¿cuándo cumplís años?” Y muy seria, demasiado considerando que no era antipática para nada, se limitó a decir: “El 2…”, mirando para otro lado. “Ah”, seguí mi camino levemente incómoda por su circunspección, pero me había comprado un paquete de Kesitas así que me alejé sin darle importancia. Unos segundos más tarde me di cuenta de que ese día era el 2. ¡Era su cumpleaños, ese mismo día! ¿Por qué no decírmelo y listo? ¿Por qué no decirme: “¡Hoy es mi cumpleaños, bolas! Qué colgada que sos”? “Uh, boluda, perdoname, ¡feliz cumple!”, le habría respondido yo, ¡y ya! ¿Por qué hacerse la misteriosa y la ofendida, si no éramos amigas como para que yo tuviera que saber su fecha de cumpleaños? Éramos meras compañeras de curso y si había ido a su casa, donde me fumé a los padres como una campeona, era porque teníamos que hacer un trabajo grupal. No es como que existía Facebook y uno se enteraba por otros medios, ¡era 1991! ¡¿Qué necesidad?!

Molestias, pequeñas injusticias, comportamientos humanos inexplicables, enigmas de la interacción social… Pero, ¿qué se puede hacer más que tratar de encontrar su punto de partida, no dejar que se conviertan en rencores y seguir para adelante? Tampoco es que yo esté tan libre de pecado… De chica creía que tener el meñique levantado mientras tomaba el té, era señal de buen gusto, y lo hice durante años, de manera forzadísima, para que me creyeran fina. Y soy una feminista que de niña se descostillaba de risa viendo cómo Benny Hill perseguía a las minas en bikini para pellizcarles las nalgas.

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