¡ESCRIBIR DE DÍA!

“Se levantó a buscar agua…”

Ella no había escrito esa última frase.

Se quedó un rato largo sentada frente a la computadora. Instintivamente miró a su alrededor, pero sabía que no había nadie. ¿Quién más podía estar en el departamento? Por un momento tuvo miedo. Se sonrió inmediatamente y como era propio de ella, al menos de noche y cuando estaba sola, hizo como si nada. Así de simple. “Habrá sido uno de esos jueguitos que hago conmigo misma sin estar del todo consciente, con esto de guiarme por la intuición... Nada, me voy al carajo a veces.” Se fue rápidamente a la habitación, se desnudó y se metió en la cama. Dijo en voz alta mientras apagaba la luz de la mesita: “Estoy demasiado pasada”. Se le escapó una mirada desconfiada justo antes de que la oscuridad inundara el cuarto.

Cuando hubo tragado el último sorbo, ya frío, de café con leche, empezó a trabajar. Se le cruzó como una nube velocísima el episodio de la noche anterior y para evitar sobresaltos innecesarios, decidió seguir escribiendo el cuento cuando terminara de trabajar, después de las cinco de la tarde, cuando todavía fuera de día. De noche se le estaba haciendo todo muy difícil.

Cuando ya eran las cinco y cuarto, se puso a ordenar algunas cosas en la sala de estar, escuchó música, salió a hacer unos trámites, solo para sentir sobre la cara la desbordante luz de primavera, y se hicieron las ocho y media. Una vez sentada frente a la computadora, se quejó en voz alta por no haber cumplido el cometido de NO sentarse a escribir de noche. Temió que los vecinos escucharan y cerró la ventana.

Como si nada, iba a hacer como si nada. Retomó el cuento.

“Algo en esa tarde… martes, otoño avanzado, Bella Vista, yo con doce años de edad o menos, caminando con papi y Mechi por la calle que daba a la plaza, para ir a comprar algo a una librería; la compra era para Mechi, no para mí, yo solo acompañaba. Mejor, así perdía protagonismo y podía volverme un poco invisible. Estaba anocheciendo y había un fresquito agradable, una sensación en la panza entre nervios y entusiasmo por el futuro, iba a tener muchos compañeros nuevos y habría emociones distintas todos los días... De repente pasaba caminando esa chica rubia, de pelo lacio y prolijo, Solange. Me saludaba con confianza y yo me sobresaltaba porque no sabía que me conocía tanto; Solange era desenvuelta y muy madura para su edad; me amedrentaba dolorosamente porque yo era un mejunje de temor e inseguridad. Ella parecía tener metas claras, era muy linda sin buscarlo y seguramente tendría un olor riquísimo en la cara y en las manos, que darían ganas de darle un beso en la mejilla. Mi hermana y mi papá me miraron fugazmente luego del saludo, como aliviados al ver esa urbanidad en mí. Me humillaban suavemente sin quererlo. Acababa de pasar en bicicleta Pedro, con su mechón castaño y sus ojos verdes, consciente de las miradas sobre él, muy presente en ese mundo donde yo fantaseaba con ser cada vez más imperceptible… pero solo para tomar impulso; ahí en mi barrio, donde parecía haber algo muy quieto, estacionario, pero latente que, como yo, tomaba impulso. Hay pistas ahí, secretos, mucho por dilucidar. Al menos ya descubrí que es ahí: ese momento, esa geografía, esos olores y atmósferas, esas personas, esas miradas que se cruzaron esa tarde, algunas breves, pero todas reconociendo familiaridad o al menos complicidad”.

Sonó un ruido metálico, agudo, que venía de la cocina. Se sobresaltó y se le cerró la garganta. Sacudió la cabeza. Otra vez había desperdiciado la tarde y era de noche cuando finalmente se sentaba a escribir; pero era solo eso, la susceptibilidad de estar escribiendo tarde… era por eso que en medio del silencio, cada ruido parecía cargado de mensajes que no quería escuchar de noche.

Se le cruzó la frase: “Se levantó a buscar agua…”. ¿Qué tenía que ver una frase como esa en la descripción de sensaciones táctiles, olfativas, visuales… de una tarde de otoño? Cortó un pedazo de papel del cuaderno que tenía en el escritorio, escribió en una letra que solo ella podía entender: “¡Escribir de día!” Fue a buscar cinta adhesiva en la cocina en penumbras, arremetiendo con las acciones como si así pudiera eliminar la consciencia de sí misma, pegó el papel en la pared, sonrió satisfecha y apagó todo.

Al día siguiente, cuando terminó de trabajar, encendió su computadora personal y fue directo al final del cuento.

“Fue a buscar cinta adhesiva…”

Después de unos segundos de estupefacción, se rio como si se tratara de un chiste habitual de un amigo que, jocosamente, se estaba burlando de ella. Había cumplido con la promesa de sentarse a retomar el cuento de día, eran las seis y cuarto de la tarde.

Estuvo a punto de escribirle a la hermana para contarle. Aunque creyera que estaba loca, al menos la iba a escuchar y le diría algo tranquilizador. Buscó el chat en el celular y escribió: “Audio solo para vos…” Terminó de escribir la frase, se quedó mirando la pantalla y borró el mensaje. Retomó el cuento.

“Algo en esa tarde… martes, otoño avanzado, Bella Vista, yo con doce años de edad o menos, caminando con papi y Mechi por la calle que daba a la plaza, que se llenaba de murciélagos a la noche, pero yo nunca los había visto, para ir a comprar algo a una librería; la compra era para Mechi, no para mí, yo solo acompañaba. Mejor, así perdía protagonismo y podía volverme un poco invisible y mirar a los demás cuando no me miraban a mí, deseando que cuando lo hicieran me reconocieran... Estaba anocheciendo y había un fresquito agradable, una sensación en la panza entre nervios y entusiasmo por el futuro, iba a tener muchos compañeros nuevos y habría emociones distintas todos los días... De repente pasaba caminando esa chica rubia, de pelo lacio y prolijo, Solange. Me saludaba con confianza y yo me sobresaltaba porque no sabía que me conocía tanto; Solange era desenvuelta y muy madura para su edad, había escuchado que tenía un novio cinco años más grande que ella; me amedrentaba dolorosamente porque yo era un mejunje de temor e inseguridad. Ella parecía tener metas claras, era muy linda sin buscarlo y seguramente tendría un olor riquísimo en la cara y en las manos, que darían ganas de darle un beso en la mejilla. Vivía en una casa muy hippie donde la única adulta era la madre, que no estaba nunca... Mi hermana y mi papá me miraron fugazmente luego del saludo, como aliviados al ver esa urbanidad en mí. Me humillaban suavemente sin quererlo. Acababa de pasar en bicicleta Pedro, con su mechón castaño y sus ojos verdes, consciente de las miradas sobre él, muy presente en ese mundo donde yo fantaseaba con ser cada vez más imperceptible… pero solo para tomar impulso; ahí en mi barrio, donde parecía haber algo muy quieto, estacionario, pero latente, que como yo tomaba impulso. Hay pistas ahí, secretos, mucho por dilucidar. Al menos ya descubrí que es ahí, sin duda es ahí: ese momento, esa geografía, esos olores y atmósferas, esas personas… Solange de repente me miró con una seriedad que me heló la sangre y Pedro dejó de andar en la bicicleta, seguía subido a ella, pero con los pies en el cordón de la vereda sin decir nada… esas miradas que se cruzaron esa tarde, algunas fugaces, pero todas reconociendo familiaridad o al menos complicidad… se convirtieron en gestos de un hartazgo inquieto, de una hipocresía anterior que ya resultaba obsoleta; las miradas no eran más fugaces, se quedaban convencidas, apelmazadas, sobre las cosas… con una amenaza de verdad que no cabía en ninguno de esos cuerpos… que desbordaba todo y develaba una naturaleza distinta, incierta, que ya era inminente”.

Golpearon a la puerta con tosquedad. Dudó si el sonido provenía de otra parte y no de una mano golpeando a su puerta específicamente. Pero se volvió a escuchar. Se levantó con la boca entreabierta, le estaba costando mucho respirar, y abrió la puerta sin echar un vistazo por la mirilla.

Después de varias horas de inactividad, la pantalla de la computadora seguía centelleante. Estaba abierto el documento con el cuento y el cursor titilaba al lado del punto final de la última frase: “…abrió la puerta y se fue”.

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