EL TRADUCTOR QUE LLORA Y LA FRÍVOLA FASCINACIÓN CON EL "LADO OSCURO"
La
novela “El traductor”, de Salvador Benesdra, que me llamó la atención por el simple
hecho de que soy traductora, me fue envolviendo contra mi voluntad, a pesar de
que no la pasé bien leyéndola. La dejé durante varios meses hasta que la retomé
y la terminé, con una mezcla de empatía y de desprecio revanchista por un
hombre roto.
Me
sorprendió que fuera un 20 de diciembre, una de las pocas fechas concretas
mencionadas en la novela, que resulta ser mi cumpleaños, el día en que este
hombre (el protagonista es un claro alter ego del autor) se desplomaba en un
llanto desesperado en un banco de la plaza del Congreso. En el mismo momento en
que yo, una preadolescente que no sabía ni cómo me llamaba, estaría siendo
agasajada en mi casa, él atravesaba un momento que tendría que haberse
extendido un poco más en el tiempo para quizás acercarlo a algo más hondo,
profundo y doloroso que exorcizar a los demonios internos haciéndose de algo
que no está ahí para ser ni agredido ni mortificado por nadie. En especial, tratándose
de alguien con ideales de izquierda, dadas las sensibilidades que eso debería
implicar... o eso es lo que siempre creí.
Este traductor, la profesión de quienes construyen puentes, está en una lucha constante con todo, no concibe otra forma de interactuar con el mundo, con las cosas y con las personas que no sea a través de la confrontación; incapaz de abandonarse a la entrega afectiva que tanto anhela. La lucha en sí le da un sentido de identidad, aunque endeble, y va por su vida munido de discursos tímidamente mediocres y poco concluyentes.
La novela se centra en la odisea moral de alguien que sugiere tener una inteligencia desmedida, además de hablar y traducir muchos idiomas, y que comienza con aventuras prostibularias. Curiosamente, no duda en hacer uso de la trillada mística del hombre que se refugia en mujeres reducidas a símbolos, que procura desentrañar misterios en cuerpos sin alma, marcados con códigos de barra, algo que a él, que desprecia el capitalismo, le genera una curiosidad antropológica. Ellas, una vez más en la historia de la literatura, son especímenes en el laboratorio de un hombre harto del rechazo, con graves problemas emocionales y delirios de grandeza.
El
personaje da un paso hacia la adultez y decide depositar sobre el cuerpo y el
sexo de una mujer específica, una joven salteña, inferior a él -por ende su
presa-, una ambiciosa investigación. Llega a la conclusión de que lo mejor va a
ser golpear, torturar, humillar, amenazar de muerte y, finalmente, proxenetear
(sí, ya debería ser un verbo) a su novia, la frígida adventista, a ese ser que
tanto subestima, para que se cure de su anorgasmia y puedan tener una relación
más óptima. ¡Pero atención, policías de la “corrección política”…! En él, éste no
es un burdo acto de violencia machista, que no haría más que reproducir
mecanismos del capitalismo que tanto asquea a este hombre, no, de ninguna
manera. En él, dada su inteligencia extrema y sus capacidades para comprender
el alma humana, es una hazaña intelectual.
Este
traductor sufre y para sanar, practica el eterno arte de realizar piruetas
teóricas que eviten la exposición de su desnudez, de su carne palpitante, dolorosamente
erotizada, lo suficiente como para ser moldeada, transformada, por la
experiencia. Porque sin experiencia vivida y un verdadero quiebre subjetivo,
humillándonos si es necesario -a nosotros mismos, no a los demás- no hay
transformación.
Pero
es la vieja historia…
Lastimar
es ingresar a un espacio de control, de dominio sobre las cosas y los demás. El
odio enraíza, ancla, es aprehensible y se materializa con mucha facilidad. Por
eso debería funcionar sólo como un punto de partida hacia otra cosa, como una
plataforma de despegue hacia algo expansivo, no como un punto de llegada o un
fin en sí mismo. El proceso evolutivo de quien se queda ahí se detiene.
Los
únicos momentos en que este traductor parece humanizarse de verdad es cuando
sufre horriblemente en el Borda, cuando decide que la adventista lo someta a él
(algo que ella hace, empero, con ternura y espíritu lúdico); tan necesitado
está de entregarse, para escapar de su laberinto donde lo envuelve una soledad
que da escalofríos. También está a las puertas de algo interesante cuando ve en
ella una fortaleza, una voluntad con códigos, idiomas desconocidos para él…
pero vuelve a frenarse. Tendría que haberse quedado en ese banco llorando un
rato más. Había más poder revolucionario -algo tan anhelado por él en un plano
que mantenía quirúrgicamente separado del resto- en ese llanto, que tendría que
haber continuado.
Y
es que nuestros amigos siguen sin escuchar y entender algo muy básico: “lo
personal es político”.
Esta
novela, llena de hallazgos y algún que otro momento bello, no es una genialidad.
Y, sin embargo, es considerada así por varios, y es que, claro, tiene todos los
elementos: un hombre inteligente, conflictuado, perturbado, que decide ir hasta
el fondo de su propia oscuridad llevándose puesto lo que sea necesario en
nombre de su desprecio por la mediocridad. Pero no es una genialidad. Como no
lo son tantas obras hermosas, llenas de hallazgos; pero geniales, brillantes, creadas
por mentes superiores… no, en absoluto. Aunque el pacto patriarcal, donde se endiosa
y se eleva al Olimpo a tantos y a unas pocas, meras migajas para acallar voces,
siga haciendo que muchos soldaditos eleven de rango a sus hermanos de
privilegios.
Se
gestiona una escisión muy curiosa para los “grandes hombres” de la historia, se
convierten en sobrehumanos y las leyes humanas ya no se aplican a ellos. Tanto
y con tanta obstinación se aferran a los privilegios, a esta suerte de fueros
patriarcales que se asignan a sí mismos, que están sordos a las voces que ven
las cosas desde un ángulo minuciosamente diferente. Y la subestimación, cuán
profunda y arraigada está la subestimación… Pero, ¿qué mejor manera de acallar
una verdad, que modificaría las estructuras más profundas, que la
subestimación?
Es
así, es la vieja historia de siempre…
Pablo
Neruda, el “gran” poeta, detalla morbosamente en un poema cómo él mismo violentó
y violó a una sirvienta que trabajaba en su casa, ofreciendo lujo de detalles
sobre su reacción atemorizada. Pero ¡oh, no, no osemos juzgar a un genio de su
tamaño! No osemos sugerir que no separar al hombre de la obra es una práctica
para mentes simplonas, moralistas, “políticamente correctas”. No, sugiramos en
cambio, tergiversándolo todo, que lo políticamente correcto atenta contra el deseo
y contra el fuego creador. Hay algo que está muy podrido cuando se señala lo condenable
de violar a una mujer vulnerable, que está limpiando en la casa de alguien
poderoso, y el que hace el señalamiento es acusado de policía moralista. Hay
algo que funciona muy mal cuando esos abyectos defensores de los privilegios patriarcales
declaran, indignados, que una cosa no tiene nada que ver con la otra, como si
su propia valoración fuera suficiente para ponerle fin al asunto.
Siempre
me gustó el cine de Ingmar Bergman. Hay una escena en “La hora del lobo” que
por algún motivo además de gustarme, de parecerme excelentemente actuada por el
bello y talentoso Max von Sydow, también me hizo siempre mucho ruido. Hay un
acto de violencia, más allá del argumento en sí del film, que resulta revelador
de una práctica muy común en las obras de arte, que encierra una pretensión
vacua, soberbia, y que es una constante en todo el arte que hace un panfleto
del patriarcado, sin quererlo quizás. Lo innecesario del acto en sí pareciera
sugerir que tiene algo de meritorio, sin más; como un derivado -aunque de mala
calidad- de la imprescindible inutilidad del arte.
Este
tipo de escenas, bastante habituales en el cine y en la literatura más
“elevados”, no aportan profundidad real ni sofisticación a la obra, sino que
son banalidad pura. De hecho, algo que artísticamente podría extenderse hacia espacios
inexplorados, se ve detenido. En lugar de abrirse y adentrarse más allá, vienen
más acá, hacia el núcleo sistémico basado en la ley del más fuerte, ni más ni
menos que eso; el clásico acto de traición, de maldad, de perversión, expuesto
como algo digno de aprecio artístico por su sola inutilidad. Pero el error es
que no es inútil, es esencialmente útil y ahí es donde pierde su valor
artístico.
Hay
una entrevista a Bergman y a Erland Josephson (otro maravilloso actor), donde los
dos parecieran jactarse de no haber tenido nunca demasiada relación con sus
hijos, con sus numerosos hijos, de no haber estado involucrados en sus
crianzas, de no haber estado presentes en absoluto. No hay ni vergüenza ni
pudor, hay un gusto en reconocerlo, porque esas tareas del cuidado, del amor,
de la ternura necesaria que debe recibir una persona para crecer, la proveían
sus mujeres (tareas menores que no estarían a la altura de ellos y su
genialidad). En el film “Saraband” hay un padre, Josephson, que rechaza a su
hijo con sadismo, viendo el daño que está causando en él. Todo esto salido de
la mente de un hombre con una sensibilidad extrema, que hizo películas entrañables
sobre sus propios padres y sobre cómo lo marcaron a él. Las entrevistas que
revelaban esto me dejaban un sabor amargo porque los admiro y me costó seguir
disfrutando sus obras con ese dato. O al menos seguir disfrutándolas del mismo
modo.
Una
vez más, este desdoblamiento tan patriarcal: hablar de la humanidad, del amor,
de abstracciones, pero en las vidas privadas se decide desdeñar y lastimar
deliberadamente como si una cosa no tuviera nada que ver con la otra. Como si
fueran cosas celosamente escindidas y como si ellos, una vez más, no fueran
susceptibles a las normas éticas que sí afectan a los plebeyos. Sin embargo,
son humanos y nunca dejaron de serlo, ni aún en sus mejores obras.
Todos
tenemos gestos nobles y otros que no lo son tanto, impulsos y acciones
malintencionadas. Pero en estos casos se trata siempre de actos deliberados, por
ser vistos como instancias que profundizan las experiencias, que las hacen más
sofisticadas. Como si la profundización se diera por lo negativo. Tomando
siempre como medida opuesta, como archienemigo, el puritanismo santurrón que
baja línea, como si sólo hubiera dos posibilidades; una suerte de caprichoso
bipartidismo aplicado a todo.
El
pintor francés Delacroix, con su fina sensibilidad, consumía mujeres en situación
de prostitución para luego volverlo arte y romanticismo en sus cuadros. Y varias
décadas antes, Lady Mary Wortley Montagu ya hacía mención de la conveniente
interpretación de esa forma de violencia, de los hombres que preferían sus
fantasías a la realidad, retratando paraísos libertinos, cuando no eran más que
prisiones, lugares llenos de frustración emocional y sexual. Una mirada muy
diferente de los “genios” del arte probando los frutos prohibidos. Gauguin
emprendía una gran aventura tahitiana tras dejar a su mujer e hijos -creando
después una obra ante el dolor hondo por la muerte de una de sus hijas
abandonadas por él- con el fin de entregarse a la elevada tarea del arte,
rodeado de mujeres y niñas tercermundistas que se sentirían agradecidas de que
un gran hombre del primer mundo se rebajara a mirarlas.
Y
más acá sigue habiendo resistencia en bajar de los pedestales a personajes como
Woody Allen, con demostrados comportamientos perversos y referencias
perturbadoras en sus películas, más allá de la más que verosímil acusación de
abuso de su hija; como Louis CK, que mencionaba rigurosamente en su comedia sus
prácticas onanistas mirando programas estudiantiles, haciendo chistes sobre estar
a punto de masturbarse en una escuela primaria o jugar con la fantasía de tener
sexo con un niño muerto… Todas cosas que a la luz de los hechos objetivos y de las
constantes referencias, vienen de un lugar de mucha sinceridad. Y lejos de ser
una franqueza generosa, de ofrecerse como carne de cañón para su propia obra
artística, se trata de una ostentación de impunidad, para ver hasta dónde pueden
llegar y salirse con la suya.
Hay
una gran diferencia entre una búsqueda creativa, artística, y una persona
haciendo alarde de privilegios a través de ella.
¿Y
resulta que es “corrección política” sugerir que no tendrían que ocupar esos
sitios en el Olimpo patriarcal? ¿Que quizás son muy buenos para determinadas
cosas, pero indiscutiblemente condenables por otras? Pero cuando las
principales afectadas siguen siendo las mujeres y quienes toman las grandes
decisiones siguen siendo los hombres…
Pareciera
que en la concepción patriarcal del arte, la única manera de combatir a la
mediocridad, o a lo santurrón, es con la maldad en su estado puro. ¿La maldad…
algo no mediocre? ¿Un acto de perversión, de sadismo… algo no mediocre? No se
me ocurre nada más vulgar, mediocre y falto de originalidad que un acto de
maldad, en una sociedad plagada de actos así, en una sociedad construida,
fundada, sobre actos así.
En
el arte hay que permitirse los juegos amorales, más allá de la ética, pero
justamente nada de esto se trata de expediciones más allá, sino que son viajes
más acá. Acaban siendo un torpe panfleto de este orden social donde la
destrucción, la maldad y el patriarcado más feroz SON LA NORMA.
Y
es que en el corazón mismo del patriarcado hay un elogio a la maldad. La caprichosa
fascinación con el “lado oscuro” es la premisa de la que parte todo lo que
produce este sistema, es el único modo de profundización que concibe y admite.
La
noción reinante es que existe una moral que hay que superar y circunvalar en
cuanto se tenga la oportunidad y el poder para hacerlo, porque es
circunstancial y restrictiva para la liberación del sujeto. No es más que un
deseo de supremacía y de dominio. ¿Hay algo más frívolo y banal que eso? ¿Qué
mérito hay en conseguir algo mediante la opresión o la eliminación del otro?
¿Se
va a seguir esperando tan poco de los hombres?
Prefiero
un mundo sin esas etiquetas de “genios” que el patriarcado les asignó siempre a
tantos a lo largo de la historia. No existen los genios, existen seres humanos
que logran hacer muy bien algunas cosas y que si merecen admiración y amor es
en tanto personas.
Ojalá
estemos presenciando la caída de los dioses del patriarcado. Me gusta esto de
que caigan y recuperen su cualidad real de seres humanos. Con lo doloroso que es
cuando se caen del pedestal tantas personas a lo largo de la vida, siempre es para
mejor, porque no tienen nada que hacer ahí arriba. No quiero un mundo de dioses
o de genios, quiero un mundo de seres humanos en constante estado de evolución.
Si venimos acá para algo, tiene que ser para evolucionar… o algo que se le
parezca.
