LA TORMENTA
Me
acercaba a la plaza y el cielo estaba tan ennegrecido y raro que supe que no
olvidaría ese día.
No
sólo porque lo que me había pasado me había hecho temblar tanto que el estómago
todavía me dolía y la respiración seguía entrecortada, sino porque la tormenta
que se avecinaba, el hecho de que fuera viernes y que al día siguiente se haría
una fiesta en mi casa, se aunaban con dramatismo, eran el decorado de uno de
los momentos más teatrales de mi vida.
Antes
de pasar por el portón de mi casa noté que en la plaza estaba mi papá,
acompañado por alguien que no reconocía, haciéndome señas para que fuera. Era
tan infrecuente ver su cara a esa hora del día que mi corazón comenzó a dar
galopes desaforados, como si estuviera a punto de estrellarme contra algo que
modificaría el curso de mi vida y todo lo que me rodeaba de manera irremediable.
Pero
él sonreía. Los dientes blanquísimos resplandecían contra el gris de fondo que
seguía haciéndose cada vez más intenso. Aminoré el paso sabiendo que sin duda
llegaría a él, pero quería dilatar el momento, hacer que durara todo lo que
fuera posible. No sólo porque me embebía algo nuevo que sabía que se esfumaría,
sino porque era lo mínimo que podía hacer a modo de retribución por la emoción
tan obscenamente rica que me embargaba.
Mientras
veía cómo su imagen sonriente se hacía más grande y cómo los contornos de la otra
persona se iban definiendo en la forma de mi tío Sergio, forcé la mirada hacia
los costados para no enfrentar con banalidad un momento tan solemne. Escuché la
risa divertida de mi papá.
-¡Dale,
che, más rápido!
¿Era
posible que supiera algo de... ÉL?
Había
pasado el tiempo suficiente… Quizás él había llegado a su casa y, sin poder
resistir el deseo fulminante de entablar algún contacto conmigo -y no tener que
esperar el eterno fin de semana-, había llamado preguntando por mí. Ay, Dios
mío... ¿era posible que estuviera tan inconteniblemente enamorado de mí? ¿Por
qué no? Después de todo me había dado un beso en la mano. ¿Quién hace eso?
¿Quién se atreve hoy día a tener un gesto así de tierno? Por supuesto que
después tuvo que alivianar la situación, fingir que era todo una broma. Por eso
se había reído como si se tratara de un chiste, pero los dos sabíamos que no era
ningún chiste.
Nunca
había cuidado tanto el reverso de mi mano derecha. Nunca había reparado en esa
parte de mi cuerpo. ¡Qué suave que era! Espero que él también lo haya notado.
Me besé la mano varias veces después... hasta que me di cuenta que en lugar de
acercarme a los pliegues de sus labios carnosos, quizás lo único que lograba
era borrar por completo el último rastro de él que había en mi mano.
¿Era
posible que fuera por eso que mi papá se sonreía? ¿Porque adivinaba que me
halagaría saber que me había llamado alguien que estaba tan locamente,
apasionadamente, perdidamente enamorado de mí? ¿Y que luego de besar mi mano se
había dado cuenta de que no soportaría pasar dos días sin verme... sobre todo
después de saborear mi piel?
-¡Hola, linda!
-Hola,
pá, ¿qué hacés acá tan temprano? ¿Por qué están en la plaza?
Hubo
una pausa.
Mi
papá, con sus dientes que seguían resplandecientes, giró para mirar a mi tío
Sergio que, a su vez, le hizo un gesto cómplice tan contundente que me
temblaron un poco las mejillas. Finalmente, los dos depositaron sus ojos sonrientes
sobre mí... sin duda, el prefacio de una frase que afectaría mi vida para
siempre...
-Mañana
es el cumpleaños de quince de tu hermana y tenemos un montón de cosas que
hacer, bolas. ¿Qué, te habías olvidado de la fiesta de tu hermana?
“...no,
no me había olvidado”.
