LOS CUERVOS DE DACHAU


Cuando los descubrí en el camino, después de dejar la estación de tren, parecían mirar de soslayo, como si hubiesen acordado que yo no me diera cuenta de que observaban.

Cada vez que los detectaba -la caminata por esa localidad desconocida me acaparaba por completo- era a mitad de cuadra. Nunca en las esquinas, nunca en una parada de ómnibus o estación de tren, sólo en los momentos en que el camino se volvía desértico.

Ahí estaban, en el tramo que llevaba a ese lugar impasible.

Querían estar, se manifestaba un deseo de presencia. ¿Acompañaban? ¿Había una aspiración de afecto? Si era así, era distante. Su presencia también podía sugerir otro tipo de acercamiento, uno que yo no conocía.

A lo mejor era la carencia de ternura en todo lo que los rodeaba lo que resultaba sofocante.

Pero estaban, ahí, en las mitades de las cuadras, en sitios donde no se puede permanecer del todo, lugares de transición, donde lo único que se puede hacer es buscar un punto de apoyo o de reflexión.

Pensé, sin dudar, que si hubiese sido posible mirarlos de frente, ellos me habrían mirado de vuelta detenidamente, con una serenidad desapegada, como esperando algo que sucedería bajo su contemplación, sin que tuvieran que hacer nada. Y sin que yo pudiera hacer nada.

Disimulaban la vigilancia ante el más mínimo movimiento. Sabían fingir, lo hacían con mucho arte, sin esfuerzo, tanto que pensé que eran el reflejo de otra cosa. Un mero reflejo de algo distinto a ellos, con otra forma, no con esa forma de cuervos negros que contrastaba con un cielo gris que hacía olvidar que también existe la claridad, la luz plena, de fondo, como lienzo de todo eso otro que apareció ahí y todavía está.

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