¡YO, SEÑORITA, YO!
-¡Yo, señorita, yo! -gritaba Mauro
con todas sus fuerzas, pero la señorita lo ignoraba por completo. Se acercaba
el diecisiete de agosto y por una vez él quería hacer de San Martín. ¿Por qué
siempre lo tenían que elegir a Camilo para todo?
-El que va a interpretar a San
Martín es Camilo. Él fue el primero que se ofreció y la mamá ya tiene todo el
traje terminado. Ahora quiero que se calmen un poco así podemos seguir con la
clase.
En realidad eran pocos los que
protestaban, la mayoría de los alumnos estaban tranquilos en sus pupitres
listos para empezar con el dictado. La señorita le guiñó el ojo a Camilo con
gesto cómplice y él se sonrió muy complacido de sí mismo.
-Yo le voy a decir a mi mamá que la
señorita lo prefiere a Camilo. Siempre le pone las mejores notas y nunca lo
reta por nada. Y el otro día vi el dibujo que había entregado. ¡Era horrible!
Mucho mejor estaba el dibujo de Javier o el de la gorda Sabrina. Pero él fue el
único que se sacó sobresaliente. Le voy a decir a mi mamá para que venga a hablar
-sentenció Mauro. Su compañero de banco apoyó la resolución con un gesto categórico,
pero breve y se preparó para empezar el dictado.
Mauro no podía creer que se olvidara
tan fácilmente de una injusticia semejante. ¿Quién se creía que era el estúpido
de Camilo? Como era el más alto del aula y tenía el pelo más rubio que los
demás todos lo preferían. En una ocasión, Mauro había hecho una prueba de
Geografía dificilísima, pero como había estudiado contestó todas las preguntas
y se quedó contento porque sabía que se sacaría un diez. Cuando la clase
siguiente vio que la señorita le había puesto un ocho y que Camilo, que no
había estudiado nada, era el único que tenía un diez, supo que la señorita lo
prefería por ser rubio y de ojos azules.
Pero Mauro ya estaba harto de la
situación. No dejaría que un presumido como él se saliera siempre con la suya y
le fuera bien en todo. Siempre las mejores notas, siempre le tocaba actuar en
los actos... no era justo.
Cuando salían de la escuela, a Mauro
lo embargaba un deseo incontrolable de lastimar a Camilo. Trató de pararse
cerca de él en la fila para empujarlo cuando salieran. Quizás si lo empujaba,
sin que nadie se diera cuenta, se caería y se lastimaría la rodilla. Así no iba
a poder actuar. Pero se iban a dar cuenta de que había sido él el culpable.
Tenía que pensar en otra cosa. Algo más efectivo. Quizás con la rodilla
lastimada podría actuar igual.
Cuando
salieron de la escuela y los chicos comenzaron a dispersarse, Mauro se dispuso
a seguir a Camilo hasta la casa, que quedaba una cuadra más lejos que la suya.
Caminó por la vereda de enfrente para pasar desapercibido, y sin pensarlo
levantó del piso una piedrita roja con punta muy filosa. Cruzó corriendo
enfrente de Camilo y le arrojó la piedra directamente a la cara. Estalló un
grito desgarrador y Mauro, completamente sordo, pero alerta, siguió hacia su
casa con paso rápido y tranquilo pues nadie lo había visto. Ni siquiera el
estúpido de Camilo.
Al
día siguiente la señorita se paró delante de la clase con el rostro compungido
y les dijo a sus alumnos: “Antes de empezar quiero contarles que ayer hablé con
la mamá de Camilo y me contó que tuvo un accidente. Ayer alguien tiró una
piedra y le entró en el ojito. Quizás fue un auto que pasó rápido por la calle
de tierra o quizás algún chico jugando con piedras, no saben cómo fue, pero
perdió la vista de ese ojito”. La maestra tuvo que hacer una pausa porque le
temblaba mucho el mentón y no quería impresionar más a sus alumnos llorando.
“Lo único que les pido es que cuando venga mañana sean muy amables con él y no
le pregunten por el ojito. Tienen que ayudarlo a Camilo a que se ponga bien y
no esté triste, ¿sí?”
Mauro
se quedó absolutamente petrificado. Después de un rato la señorita se le acercó
y le dijo con una sonrisa dulce que si quería él podría hacer de San Martín en
el acto. Mauro la miró conteniendo un sollozo y le respondió emocionado,
“Gracias, señorita Rosario”.
