LA VIDA DEL CALAVERA ES UN FRÁGIL CIGARRILLO



Siempre me resistí a mi lado místico, a mi lado espiritual. Lo subestimé, lo denigré y hasta me burlé de él enfrente de los demás. No obstante, como quien se mofa de un amigo en presencia de otros, pero cuando está a solas, lo escucha con atención porque es distinto, especial. Luché aun apreciando que este misticismo tenía tal seguridad en sí mismo que parecía dispuesto a vivir invisibilizado, a seguirle la corriente al otro lado, al racional, todo lo que fuera necesario, sólo para que se sintiera superior, preservándome a mí (o privándome mejor dicho) de lo desconocido.

El minúsculo detalle es que todo eso significaba un gran peligro: ceder al miedo.

A los trece años, como sabiendo que algo se escapaba para darle protagonismo a la gris razón, me sentaba todas las tardes en un banco en el jardín de mi casa, debajo de la ventana de lo que había sido la habitación de mi abuela materna, y me resguardaba del ruido mirando el pedazo de cielo que, sin falta, cubría esa parte donde yo estaba.

Hasta el día de hoy, casi treinta años después, recuerdo esos momentos como si se tratara de una ceremonia, de un ritual. Años más tarde, leyendo “El diario de Ana Frank” me conmovió cómo ella describía (encerrada desde hacía meses y también alrededor de la misma edad) algo muy similar, un momento de contemplación del cielo, en el que ella era testigo y protagonista de algo extraordinario. Pasara lo que pasara, no dejaba de estar ahí, como presencia constante, imperecedera, más allá de cualquier incidencia o significado humanos.

El mundo de las certezas, de las preguntas con respuestas, acechaba y ya sentía su irrupción. Estaba siendo invadida por esa razón que en lugar de comportarse como lo que realmente es, una herramienta más de la experiencia humana, amenazaba con imponerse como freno, como un fin en sí mismo. Para brindar un falso espacio de seguridad, un resguardo frente a lo irremediablemente inasequible. Pero como todo lo que está asfixiando a otra cosa, eventualmente cede o es vencida… si es que no mata antes.

Me encontraba en este proceso de lento redescubrimiento cuando almorzando con mi padre, un hombre racional, ateo, cuya opinión siempre me pesó, veo que de pronto aparece algo distinto en él, una duda. Ante mi presión mística, mi insistencia en sentidos más allá de lo perceptible, se dispone a contar algo digno de la ciencia ficción más inverosímil.

“La vida del calavera es un frágil cigarrillo”, era una frase que lanzaba una y otra vez cuando mis hermanas y yo éramos chicas. Tanguero como siempre fue, nos crio al ritmo de frases y palabras del lunfardo que nos resultaban indescifrables. Se divertía porque nos desconcertaba: “¿Qué saben ustedes de la vida, gilas? ¡La vida del calavera es un frágil cigarrillo!” No era raro recordar esas instancias, tanto mi padre como mi madre son y fueron siempre muy lúdicos, nunca tuvieron pruritos en inventar canciones y bailes para anunciar eventos aparentemente intrascendentes, como que la comida estaba lista o que había que ir a lavarse las manos, siempre con frases incomprensibles: “La vida del calavera es un frágil cigarrillo”.

Ese mediodía en particular, hace un par de meses nomás, en Castelar, se lanzó a contarme a mí, la única persona presente, el momento más extraño que había tenido en su vida. Yo, sin poder creer lo que estaba pasando, me quedé calladísima con los ojos encendidos. La persona más racional que conocía estaba iniciando un relato que lo incomodaba y que según me advertía: “No se había animado a contárselo a nadie, porque iban a pensar que estaba loco”. La misma persona que explicaba todas las ocurrencias que a mí me resultaban sospechosas, como meras coincidencias, cada instancia peculiar como un deseo de las personas de asignarle sentido a las cosas. “La vida es así, como con las plantas, empieza y termina, punto. Para algunas personas eso es demasiado difícil de aceptar entonces inventan cosas y le dan una explicación mágica a todo”. Estaba tan entusiasmada con lo que estaba pasando que mi cuerpo parecía estar haciendo fuerza por permanecer lo más mudo posible, inerte, no fuera a ser cosa que él se sintiera de pronto observado y decidiera no hacer ese regalo invaluable que me estaba por hacer.

Caminaba un día de semana por Parque Patricios, a media mañana, yendo a hacer un trámite para la empresa donde trabajaba. No era común que recorriera esa zona. Si bien el trabajo lo llevaba a distintos puntos de la ciudad, el centro de Parque Patricios no era un destino habitual. Era plena década de los ochenta, hacía un frío esperable para la época del año, pero el sol otoñal amenizaba todo, como suele hacer. Se detuvo en una esquina para esperar el cambio del semáforo y cruzar la avenida principal. De repente, algo que lo saca de su ensimismamiento… alguien le toca el hombro desde atrás. Mi padre se da vuelta automáticamente, no se había escuchado ninguna voz que lo llamara, y se encuentra enfrente de un hombre vestido de oficina, con un maletín en la mano como él, que lo mira directamente a los ojos. Sin que hubiera tiempo para preguntar nada, el hombre que lo miraba con absoluta serenidad, como quien no tiene nada que ocultar, abre la boca y se limita a decir con perfecta dicción: “La vida del calavera es un frágil cigarrillo”. Sin esperar respuesta, se da media vuelta y se va, con un aplomo que tenía algo de siniestro.

Cabe aclarar que esto no resultó en que mi padre empezara a usar la frase en sus juegos domésticos, sino al revés. Era la frase que siempre usaba allá lejos en el conurbano bonaerense, lejos de donde se encontraba esa mañana, y de pronto un absoluto extraño, con aspecto de persona integradísima a la sociedad, sin más, le tocaba el hombro y se la decía a él, para después seguir su camino como si nada.

Yo conozco bien al hombre que me cuenta esto, o todo lo bien que puede conocer una hija a su padre con el que tiene una relación que siempre fue fluida y llena de afecto, y sé que no estoy enfrente de alguien que le dé asidero a estas cuestiones. Se sonrió incómodo después del relato, dándose cuenta de lo increíble que era y del efecto que tenía en mí. Me disputé unos segundos entre ponerme de pie, maravillada con lo que había contado, y hacer algún baile litúrgico, o simplemente burlarme de él por su histórica inclinación a darle una explicación cerebral a todo. Más tironeada por las ganas de burlarme le dije: “Nunca voy a dejar que te olvides de que me contaste esto, sonaste”. Después me rescaté un poco: “Mentira, no le voy a decir nada a nadie, pero gracias, gracias, Roberto, por contármelo” (se llama Roberto).

No puedo poner en palabras, por más que me empecine en intentarlo, el hechizo, el permiso que sentí para darle rienda suelta a mi propia mística. A esta altura de mi vida, podría llegar a afirmar que no necesito la aprobación de nadie para hacer o pensar lo que quiero, pero reconozco, a regañadientes, que hay instancias donde espero que sea otro el que abra la puerta y ésta fue una de esas instancias. Aun tratándose, simple y llanamente, de admitir el enigma ensordecedor de la vida misma. Shakespeare y su fantasmagoría, nunca carente de profundidad, suspicacia y sensibilidad, también me había dado ese permiso, pero tan a la distancia que se diluía por acción del tiempo o del espacio.

Volví a darle las gracias varias veces y cuando lo saludé en la puerta, le dije: “No creas que voy a dejar que te olvides de este momento, pero gracias por contármelo, Roberto”, un poco en chiste y absolutamente en serio. Él se sonrió como quien es víctima de una burla sin eficacia, pero tenía un brillo particular que sentí que estaba feliz de pasármelo a mí.

La mística podía seguir siendo sólo yo.

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