LA VIDA DEL CALAVERA ES UN FRÁGIL CIGARRILLO
Siempre
me resistí a mi lado místico, a mi lado espiritual. Lo subestimé, lo denigré y
hasta me burlé de él enfrente de los demás. No obstante, como quien se mofa de
un amigo en presencia de otros, pero cuando está a solas, lo escucha con
atención porque es distinto, especial. Luché aun apreciando que este misticismo
tenía tal seguridad en sí mismo que parecía dispuesto a vivir invisibilizado, a
seguirle la corriente al otro lado, al racional, todo lo que fuera necesario,
sólo para que se sintiera superior, preservándome a mí (o privándome mejor
dicho) de lo desconocido.
El
minúsculo detalle es que todo eso significaba un gran peligro: ceder al miedo.
Hasta
el día de hoy, casi treinta años después, recuerdo esos momentos como si se
tratara de una ceremonia, de un ritual. Años más tarde, leyendo “El diario de
Ana Frank” me conmovió cómo ella describía (encerrada desde hacía meses y
también alrededor de la misma edad) algo muy similar, un momento de
contemplación del cielo, en el que ella era testigo y protagonista de algo
extraordinario. Pasara lo que pasara, no dejaba de estar ahí, como presencia
constante, imperecedera, más allá de cualquier incidencia o significado humanos.
El
mundo de las certezas, de las preguntas con respuestas, acechaba y ya sentía su
irrupción. Estaba siendo invadida por esa razón que en lugar de comportarse
como lo que realmente es, una herramienta más de la experiencia humana,
amenazaba con imponerse como freno, como un fin en sí mismo. Para brindar un
falso espacio de seguridad, un resguardo frente a lo irremediablemente
inasequible. Pero como todo lo que está asfixiando a otra cosa, eventualmente
cede o es vencida… si es que no mata antes.
Me
encontraba en este proceso de lento redescubrimiento cuando almorzando con mi
padre, un hombre racional, ateo, cuya opinión siempre me pesó, veo que de
pronto aparece algo distinto en él, una duda. Ante mi presión mística, mi
insistencia en sentidos más allá de lo perceptible, se dispone a contar algo
digno de la ciencia ficción más inverosímil.
“La
vida del calavera es un frágil cigarrillo”, era una frase que lanzaba una y
otra vez cuando mis hermanas y yo éramos chicas. Tanguero como siempre fue, nos
crio al ritmo de frases y palabras del lunfardo que nos resultaban
indescifrables. Se divertía porque nos desconcertaba: “¿Qué saben ustedes de la
vida, gilas? ¡La vida del calavera es un frágil cigarrillo!” No era raro
recordar esas instancias, tanto mi padre como mi madre son y fueron siempre muy
lúdicos, nunca tuvieron pruritos en inventar canciones y bailes para anunciar
eventos aparentemente intrascendentes, como que la comida estaba lista o que
había que ir a lavarse las manos, siempre con frases incomprensibles: “La vida
del calavera es un frágil cigarrillo”.
Ese
mediodía en particular, hace un par de meses nomás, en Castelar, se lanzó a
contarme a mí, la única persona presente, el momento más extraño que había
tenido en su vida. Yo, sin poder creer lo que estaba pasando, me quedé
calladísima con los ojos encendidos. La persona más racional que conocía estaba
iniciando un relato que lo incomodaba y que según me advertía: “No se había
animado a contárselo a nadie, porque iban a pensar que estaba loco”. La misma persona
que explicaba todas las ocurrencias que a mí me resultaban sospechosas, como
meras coincidencias, cada instancia peculiar como un deseo de las personas de
asignarle sentido a las cosas. “La vida es así, como con las plantas, empieza y
termina, punto. Para algunas personas eso es demasiado difícil de aceptar
entonces inventan cosas y le dan una explicación mágica a todo”. Estaba tan
entusiasmada con lo que estaba pasando que mi cuerpo parecía estar haciendo
fuerza por permanecer lo más mudo posible, inerte, no fuera a ser cosa que él
se sintiera de pronto observado y decidiera no hacer ese regalo invaluable que
me estaba por hacer.
Caminaba
un día de semana por Parque Patricios, a media mañana, yendo a hacer un trámite
para la empresa donde trabajaba. No era común que recorriera esa zona. Si bien
el trabajo lo llevaba a distintos puntos de la ciudad, el centro de Parque
Patricios no era un destino habitual. Era plena década de los ochenta, hacía un
frío esperable para la época del año, pero el sol otoñal amenizaba todo, como
suele hacer. Se detuvo en una esquina para esperar el cambio del semáforo y
cruzar la avenida principal. De repente, algo que lo saca de su
ensimismamiento… alguien le toca el hombro desde atrás. Mi padre se da vuelta
automáticamente, no se había escuchado ninguna voz que lo llamara, y se
encuentra enfrente de un hombre vestido de oficina, con un maletín en la mano
como él, que lo mira directamente a los ojos. Sin que hubiera tiempo para
preguntar nada, el hombre que lo miraba con absoluta serenidad, como quien no
tiene nada que ocultar, abre la boca y se limita a decir con perfecta dicción:
“La vida del calavera es un frágil cigarrillo”. Sin esperar respuesta, se da
media vuelta y se va, con un aplomo que tenía algo de siniestro.
Cabe
aclarar que esto no resultó en que mi padre empezara a usar la frase en sus
juegos domésticos, sino al revés. Era la frase que siempre usaba allá lejos en
el conurbano bonaerense, lejos de donde se encontraba esa mañana, y de pronto
un absoluto extraño, con aspecto de persona integradísima a la sociedad, sin
más, le tocaba el hombro y se la decía a él, para después seguir su camino como
si nada.
Yo
conozco bien al hombre que me cuenta esto, o todo lo bien que puede conocer una
hija a su padre con el que tiene una relación que siempre fue fluida y llena de
afecto, y sé que no estoy enfrente de alguien que le dé asidero a estas
cuestiones. Se sonrió incómodo después del relato, dándose cuenta de lo
increíble que era y del efecto que tenía en mí. Me disputé unos segundos entre
ponerme de pie, maravillada con lo que había contado, y hacer algún baile
litúrgico, o simplemente burlarme de él por su histórica inclinación a darle
una explicación cerebral a todo. Más tironeada por las ganas de burlarme le
dije: “Nunca voy a dejar que te olvides de que me contaste esto, sonaste”.
Después me rescaté un poco: “Mentira, no le voy a decir nada a nadie, pero
gracias, gracias, Roberto, por contármelo” (se llama Roberto).
No
puedo poner en palabras, por más que me empecine en intentarlo, el hechizo, el
permiso que sentí para darle rienda suelta a mi propia mística. A esta altura
de mi vida, podría llegar a afirmar que no necesito la aprobación de nadie para
hacer o pensar lo que quiero, pero reconozco, a regañadientes, que hay instancias
donde espero que sea otro el que abra la puerta y ésta fue una de esas
instancias. Aun tratándose, simple y llanamente, de admitir el enigma
ensordecedor de la vida misma. Shakespeare y su fantasmagoría, nunca carente de
profundidad, suspicacia y sensibilidad, también me había dado ese permiso, pero
tan a la distancia que se diluía por acción del tiempo o del espacio.
Volví
a darle las gracias varias veces y cuando lo saludé en la puerta, le dije: “No
creas que voy a dejar que te olvides de este momento, pero gracias por
contármelo, Roberto”, un poco en chiste y absolutamente en serio. Él se sonrió
como quien es víctima de una burla sin eficacia, pero tenía un brillo
particular que sentí que estaba feliz de pasármelo a mí.
La
mística podía seguir siendo sólo yo.
