UNA DECISIÓN
La bufanda era beige y parecía fina, y como la alfombra morada tenía algo de envejecido y decadente, el contraste era muy fuerte. Era imposible no verla. Vi cómo el dueño la dejaba caer para después irse, no tan rápidamente como habría resultado conveniente para mí, sino con el letargo obligado después de cualquier obra teatral. Lo vi. Lo vi mientras sucedía. Vi el proceso entero. Lo vi y le iba a hacer un comentario a mi acompañante, pero él no lo había detectado y eso me hizo sentir bien. Se convirtió de repente en una instancia donde sólo existía yo. Yo sola era la testigo de eso que había pasado. Nadie a mi alrededor parecía haber notado nada y lo que era más importante, no había notado que yo sí lo había visto todo. Eso era lo único que me podía afectar. Si nadie me veía, no había vergüenza en callarme, en no decir nada.


Pero, ¿por qué no decir nada? ¿Por qué no levantar la voz y señalar lo que había pasado? ¿Por qué no hacerle una seña a alguna persona cercana, si no quería elevar indebidamente la voz? ¿Era por pura indiferencia? ¿Por alguna forma de timidez? ¿Por apatía? No, era por pereza. Pero una pereza que tenía algo que no estaba tan mal… Hablar, hacer señas implicaría romper la burbuja que me envolvía y me protegía tan hermosamente de los demás. No quería destruirla y entablar un contacto mundano, insignificante, superfluo. ¿Tenía algún problema por eso? ¿Era incorrecto, éticamente, que tuviera una pereza tal? ¿Le hacía tanto daño al dueño de la bufanda que no le avisara que se le había caído? Aun sabiendo que avisarle era lo correcto, mi pereza seguía insistiendo, pero como una gran verdad subjetiva que me protegía de algo peor. Me debatí unos segundos entre lo correcto y esa pereza. No duró mucho la disputa, la pereza decidió que no, que no avisaría. Que no rompería la burbuja.

Después de todo, esa burbuja me mantenía a salvo de que se mancillara mi solemnidad, de que se burlaran de mi ceremonia, de que se llenara de ruido mi silencio precioso, el que mantenía siempre a resguardo adentro, aunque afuera reinara el constante retumbo donde lo inmediato aplasta lo eterno, donde lo vacío, transitorio y vulgar asfixia al insondable sentido. ¿Me estaba tomando todo muy a pecho? Lo único que había por hacer era decir: “Señor, disculpe, se le cayó la bufanda… Por favor, ¿le pueden avisar al señor que se le cayó la bufanda? No, de nada… (gesto benevolente)”.

¡Pero estaba en el teatro Colón! Acababa de ver algo hermoso, conmovedor, acababa de contener genuinamente las lágrimas durante un par de minutos en las más de dos horas que había durado la ópera. No me molestaba llorar en un cine, pero en un teatro, donde los compañeros de butaca son más visibles, me daba mucho pudor. En el cine hay más impunidad, no hay ningún cuerpo real en el escenario. En un teatro no hay contención, está la amenaza de la obscenidad ajena en todo momento, de los cuerpos que sienten, que imponen sus emociones.

De pronto, algo que me salvó de mi breve dilema. Alguien a pocos metros del señor, se limitó a levantar la bufanda, sin afectación, sin pompa, y la llevó hacia delante con toda la intención corporal de quien va a hacer lo que está bien.

Se me aflojaron los hombros y volví en mí… a mí.

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