EL MINUTO DE RITA
Rita se levantó sobresaltada por el sueño que acababa de tener y se incorporó en la cama sin saber qué hacer. Comprendió que estaba sumergida en un estado muy nuevo. Ya no estaba dormida, pero tampoco despierta. Súbitamente, y con la violencia de una lanza que se clava en el estómago, recordó la voz que acababa de susurrarle algo en el umbral que -de un modo u otro- había cruzado hacía sólo unos segundos: “Tenés sólo un minuto... tenés sólo un minuto para volver”.
“¿Volver a dónde?”, pensó. Se quedó unos
momentos inmóvil con el entrecejo fruncido y los ojos comenzaron a merodear
ávidos por la habitación azulada, como buscando algo entre las sábanas y en la
almohada, pero no había nada. Decidió levantarse y recorrer la casa que dormía.
No quería despertar a nadie. Bajó las
escaleras imperceptiblemente y se quedó un rato en la cocina. Se sentó a la
mesa con gesto contrariado esforzándose por evocar lo que acababa de suceder.
Sin recordar del todo, la angustió un tenebroso presentimiento... eso de que no
tenía mucho tiempo para regresar... Pero no quería. No sabía exactamente a
dónde era que regresaría, pero sabía que no quería.
Se acercó a la ventana de la cocina
y miró hacia fuera. Hacía años que no salía de esa casa y la noche, que la observaba
muy quieta, se dilataba dolorosamente hermosa y fascinante. Quiso salir, pero
no se animó. Tenía desconfianza.
De pronto escuchó el sonido de la
hamaca del jardín. Se inquietó pensando que habría algún intruso e intentó asomarse
por la ventana procurando que las cortinas la cubrieran. Pero no había nadie.
La hamaca se movía sola. Quizás fuera el viento, aunque era una noche de verano
muy calurosa y no había ni la más mínima brisa en el aire.
Se quedó mirando la hamaca con
ilusión y los ojos se humedecieron contra su voluntad. Abrió la puerta muy
lentamente, no quería perturbar el descanso tan merecido de sus padres, y salió
al jardín. Estaba descalza, y se sonrió en voz alta al sentir el calor de las
baldosas en las plantas del pie. Era tan agradable. ¡Hacía cuánto que no sentía
el piso del jardín con los pies descalzos! Se quedó parada moviendo los piecitos
y disfrutando de la sensación rasposa. Avanzó hacia la hamaca y de pronto se
detuvo recordando que tenía sólo un minuto... Se sonrió por el ridículo
sortilegio y siguió.
A la mañana siguiente, el cuerpo sin
vida de Rita yacía entumecido entre las sábanas.
Varias horas después del velatorio,
su hermana se sentó en la cama vacía, miró por la ventana y se detuvo en la
hamaca que tanto había usado Rita años antes, cuando era chiquita, cuando aún
podía salir al aire libre por su cuenta y gozaba de excelente salud. Trató de
acomodar los objetos de la mesa de luz y reacomodó las páginas dispersas del
diario del día anterior. Sin darse cuenta se detuvo en una frase estúpida que
encabezaba una propaganda: “Si te quedara sólo un minuto de vida, ¿cómo lo
aprovecharías?”
