PRAGA
A los quince años estaba en un evento deportivo de mi colegio haciendo una fila y delante de mí había dos chicos y una chica, los tres un par de años más grandes que yo. Ellos, divertidos, la molestaban y ella se reía. Yo no entendía muy bien de qué iba la cosa, pero me quedé mirando sin darme cuenta.
En un momento determinado uno de ellos la agarró con
fuerza de la cara y le dio un beso en la boca. Ella se resistió, lo agarró de
las muñecas e hizo mucha fuerza para que la soltara. El beso fue largo y duró
los segundos que él quiso que duraran. Finalmente la soltó y ella, con una risa
nerviosa, dijo: “Bueno, chicos, basta, ya está, déjense de joder”. Era evidente
que no eran novios ni nada por el estilo, claramente los dos varones estaban
viendo hasta dónde podían llegar. Se la quedaron mirando después con los ojos
encendidos y con un brillo muy particular. Ella seguía riéndose, como formando
parte de un chiste que, en realidad, la excluía.
Nunca me olvidé de esa escena. Me
impresionó la fuerza con que él la agarró, el cuerpo del otro amigo ahí parado,
quieto, mirando todo con una sonrisa, el modo en que se enrareció la atmósfera,
como cuando hay un peligro cerca, y ella haciendo fuerza para que la soltara,
pero riéndose todo el tiempo como para alivianar algo, como si de ella
dependiera que toda esa situación rara y extrañada fuera normal y que nadie
estuviera incómodo.
Por supuesto que hay otras cosas
que no sólo no me olvidé, sino que me quedaron grabadas en el cuerpo porque me
involucraron directamente a mí, en distintos momentos de mi desarrollo,
incluyendo el infantil. Y, por supuesto, como tantas otras mujeres, tuve que
soportar volver de trabajar todo un día, con veintiún años de edad, y que se
sentara al lado mío, en el colectivo, un hombre que decidió masturbarse para
que yo lo viera. Y tantas otras cosas más. Todo siempre acompañado de esa
sensación de enrarecimiento donde uno duda hasta de su propia percepción.
Esto que escribo es muy personal (muy
colectivo también porque proviene de ese saber que se va compartiendo
imperceptiblemente, que pareciera estar en el aire ya) y parte del malestar
inmediato, instintivo, que experimenté la primera vez que escuché el término:
“Trabajo sexual”.
Hace un par de años me encontré
leyendo un artículo que cuestionaba el uso de ese término y vi que estaba en un
blog de traductoras que difundían textos traducidos por ellas al español. Textos
que emanaban de abolicionistas de distintas partes del mundo y que relataban las
experiencias del regulacionismo y del cinismo que hay en su defensa, que lejos
está de acompañar o apoyar a las mujeres en situación de prostitución. Me sumé
para colaborar, de manera esporádica, con traducciones. Desde entonces que
estoy en contacto con mujeres que organizaron esta iniciativa y la sostienen
con esfuerzo y dedicación y así me fui nutriendo de todo lo que está sucediendo
en el mundo al respecto.
Hannah Arendt decía que escribía
para entender. Ésa es mi intención: entender, realizar un viaje personal por este
cosmos del que somos parte, como hacía Carl Sagan.
Conocí Praga hace pocos años,
estuve sólo unos días. Es una ciudad indudablemente hermosa, llena de
contrastes, donde se mezclan edificios antiquísimos, envueltos en los fantasmas
de otras épocas, de Beethoven, de Mozart, de Kafka, con una suerte de realidad
paralela, no dicha, que subyace y que fue muy palpable, aun para alguien
ingenuo como yo. Mientras recorría la ciudad de noche, notaba que lo que había
a mi alrededor tenía una oscuridad amarga, con destellos de peligro que me
sobresaltaban, como cuando de pronto aparece algo en un lugar donde no debería
estar, como una rata en un piso limpio, como un movimiento demasiado veloz o
anómalo que indica que uno no está a salvo. Había algo triste en la atmósfera y
años después pude ponerlo en palabras. Caminaba entre muchos turistas, y vi
cómo un chico joven, de alrededor de veinte, con ojos claros, fríos, muy rubio,
se acercaba a un grupo de amigos que lo esperaba con botellas de cerveza en la
mano (la ciudad siempre estaba cubierta de botellas de alcohol vacías). Con los
pantalones bajos y los ojos desorbitados, salía de un lugar oscuro, con luces
rojas y uno de los amigos le dijo con un acento típico de película: “You’re on
top of the world, right?” (“Estás en la cima del mundo, ¿no?”) Seguí caminando
y esa escena parecía transcurrir con el mismo halo de extrañeza, casi
imperceptible, que los acontecimientos que nunca son puestos en palabras.
Eso era Praga, un lugar que
después supe que era el destino favorito de jóvenes del primer mundo que van en
grupo a divertirse, a tomar alcohol hasta morir y a consumir mujeres en
situación de prostitución.
De ahí es que siempre pienso en
Praga cuando se trata de estas temáticas dignas de la Edad Media, como la
prostitución y el lugar de ciudadana de segunda categoría que ocupa la mujer
por el sólo hecho de serlo. Siempre el recuerdo de Praga viene acompañado de un
vacío, lleno de contrastes turbadores, de sonidos y bellezas fantasmales, de
luces rojas cargadas de olores corporales donde el deseo de unos es todo y el
de otras ni siquiera es un tema en cuestión.
La prostitución, la
pornografía y la industria del sexo como amenaza, asedio y control de la
sexualidad femenina
¿Qué mejor manera de controlar a
alguien que limitar su experiencia del goce? ¿Qué mejor manera de controlar a
alguien que atacar su deseo, que invalidarlo? ¿Qué mejor manera de controlar a
alguien que convencerlo de que su deseo es secundario, de que no tiene la misma
importancia que el de los demás? La sexualidad es, por excelencia, un espacio
de disfrute, de entrega y goce y es el principal lugar atacado en el desarrollo
subjetivo de las mujeres.
¿Desde cuándo desear algo quiere
decir tener derecho a poseerlo? ¿Desde cuándo empezó a verse como negativo el
controlar los propios impulsos y deseos si éstos entran en conflicto con los de
los demás? ¿Desde cuándo tiene mala fama respetar la integridad física y
psicológica de nuestros compañeros seres humanos? Que la prostitución esté
naturalizada como lo está tiene una incidencia profunda en la esfera privada de
todas las mujeres que componemos la sociedad, no sólo en quienes están en
situación de prostitución. En la esfera privada es donde se va construyendo la
subjetividad y si uno habita una sociedad donde los cuerpos de las mujeres
pueden ser comprados y están al servicio de la sexualidad masculina (en claro detrimento
del desarrollo de la sexualidad femenina y desdeñando por completo el deseo de
la mujer), necesariamente eso va a repercutir en el modo en que las mujeres se construyen
como sujetos y se relacionan entre sí y con los demás. En mayor o en menor
medida, ejerce un efecto de asedio al desarrollo de la sexualidad femenina. No
es posible que nos construyamos a nosotras mismas como sujetos plenos si
vivimos en una sociedad donde claramente no lo somos, donde nuestro deseo no
sólo no ocupa el mismo lugar de importancia que el deseo masculino, sino que es
invisibilizado e invalidado una y otra vez. Si los cuerpos femeninos son
comprados, violentados e invadidos de manera sistemática y estructural por el
sistema prostituyente, es imposible que eso no afecte la esfera privada de cada
mujer que habita la sociedad donde eso ocurre. Es un problema que atañe a todo
el género femenino.
Cuando tenía diecinueve años,
viví unos años en Londres con mi familia por el traslado laboral del marido de
mi madre. Allí trabajé varios meses en un centro comercial. En una ocasión, una
clienta, de cara angelical, terminó de comprar algo y me dijo: “Si querés ganar
plata haciendo otra cosa, llamame” y me dio una tarjeta que no decía nada
específico. Cuando le pregunté de qué se trataba, súbitamente y algo asustada,
me dijo que tenía que irse, pero que la llamara si estaba interesada. La llamé
por pura curiosidad y le dije que me comunicaba para ver de qué se trataba. Ella
me propuso que nos juntáramos porque me lo quería comentar en persona, y me
preguntaba una y otra vez por qué la llamaba, rehuyendo todas mis preguntas. Yo
le corté diciendo que en cualquier caso la volvía a llamar. Ése debe haber sido
el roce más cercano que tuve con ese submundo y, por supuesto, me sorprendió
que el punto de contacto fuera una mujer con cara tan angelical. Me recordó a
Julie Andrews en “La novicia rebelde”. Me vio joven, extranjera, no sabía que
vivía con mi familia… era un blanco interesante. En los países donde la prostitución
está legalizada, la abrumadora mayoría de las mujeres que la ejercen son personas
vulnerables que lo hacen por necesidad económica y determinaciones sociales
varias, no por el mítico glamour o el empoderamiento.
Se me ocurren pocas cosas más
desagradables y amenazadoras que sentir la mirada lasciva, invasiva, de alguien
que uno no está incitando ni desea en lo más mínimo. Sólo puedo imaginarme cómo
será ser tocada, besada, penetrada por alguien que uno no DESEA que lo haga. Se
convirtió en un morbo que ya todos pueden disfrutar a través de la pornografía:
ver cómo mujeres se dejan hacer cosas por hombres que probablemente no dejarían
que las tocaran -o no en esas condiciones- si actuaran respondiendo a su deseo,
y no a determinaciones socioeconómicas y patriarcales. Se me ocurren pocas
cosas más morbosas que tener sexo con una mujer (o ver a otro teniéndolo) que
claramente no elige, por deseo, a su compañero sexual. Cuánto desprecio que
encierra eso.
Está claro que es más conveniente,
más relajado, no hacer juicios de valor de este tipo, es preferible mantenerse a
resguardo de caer en una valoración que pueda ser tachada de puritana, de
sentenciosa. Preservarse a uno mismo no arriesgando juicios de valor y entregas
emocionales, nunca es el camino acertado por la simple razón de que no es más
que cobardía. Hoy está en boga disfrazarse de defensor de la libertad sexual,
de las mujeres y del libre albedrío, apoyando la prostitución y la pornografía
“buenas”, las que se llevan a cabo “con consentimiento” (muy viciado por cierto,
dado que seguimos en un patriarcado). Ni la libertad, ni la libre elección, ni
el ejercicio pleno de la sexualidad existen ni tienen espacio alguno en ese
mundo. Qué distinto sería todo si en lugar de una industria de la pornografía,
las personas que tuvieran sexo por deseo y quisieran grabarse, lo hicieran y
compartieran eso. De modo que uno vería a gente teniendo sexo por puro deseo,
gente que quiere ser mirada, sin que medie un intercambio comercial de ninguna
índole y sin que haya claras asimetrías de poder entre unos y otros.
¿Desde cuándo fue que la
pornografía pasó a ser algo tan común y corriente, una actividad común a todos
los hombres, en su gran mayoría, cuando hasta hace no mucho tiempo era algo que
hacía el “degenerado” del barrio, el que se quedaba mirando la sección porno
del videoclub con un velo de vergüenza? La tecnología hizo que haya una
proliferación alarmante y de pronto una práctica marginal (no por moralina
barata, sino porque hablaba de alguien que claramente desarrollaba su sexualidad
de una manera insana y nociva para el resto), se convirtió en algo socialmente
aceptado. Esto es una muestra de cómo las prácticas sociales van marcando y
delimitando el terreno de lo que es aceptado y de lo que no. Y si la sociedad
ahora indica que ya no es cosa de pervertidos, todos se van sintiendo empujados
a una práctica que hipersexualiza a los hombres, distanciándolos de la
posibilidad de entablar lazos sexuales sanos y que pone a las mujeres en
peligro.
Que un hombre pueda comprar o
alquilar el cuerpo de una mujer, sin que el deseo sexual de ella entre en la
ecuación, es una muestra del lugar de inferioridad en el que se la ubica.
Repito, esto no es algo que perjudique sólo a las mujeres en situación de
prostitución, sino que atañe y perjudica activamente a todas y cada una, pues
habla del lugar social que ocupamos. Necesariamente, y dada esa realidad, un
hombre cualquiera, por más buenas intenciones que tenga, va a colocarse frente a
una mujer y va a tener la posibilidad de elegir o no hacer uso de ese “derecho”
a desdeñar por completo su deseo.
El consumo de pornografía
(prostitución filmada), el consumo de personas en situación de prostitución, el
uso comercial de mujeres para el alquiler de vientres no resuelven ninguna problemática
humana. Son prácticas donde las mujeres funcionan socialmente como productos,
objetos y recipientes para el consumo. Sin embargo, hay quienes defienden todo
esto como si se tratara de derechos básicos de la humanidad, como si estuvieran
en peligro las libertades individuales más fundamentales. ¿Las libertades de
quiénes se estarían defendiendo, de las mujeres? ¿Desde qué postura se defiende
esto a capa y espada? Porque las mujeres pueden dedicarse a muchos trabajos y
oficios, y disfrutar de su sexualidad según su deseo, sobre todo si la sociedad
a su alrededor se ocupa de que así sea y no convierte una forma de violencia en
un “trabajo como cualquier otro”, con descaro y desaprensión. Y sobre todo si
esa misma sociedad no se ocupa de enviar a los perversos y violadores más
perturbadores, de los que nos cuidamos todas en la calle, a que descarguen su
violencia y misoginia sobre sus cuerpos, sobre los cuerpos de ellas, como si no
valieran nada.
El sistema patriarcal en el que
vivimos le dio vida a la prostitución y a la pornografía, no son prácticas de
algunos pocos individuos, son industrias gigantescas que mueven muchísimo
dinero y que, en tanto prácticas sociales, son inescindibles de la trata y de los
abusos a menores (con el agregado de que en este caso no hay que manufacturar
nada, las personas utilizadas ya existen, no hay que fabricarlas, lo que
abarata mucho los costos para los que lucran con los cuerpos ajenos).
Va de suyo que todo ser humano es
libre de hacer lo que quiera por deseo y voluntad propios, y nada de lo que
haga, mientras no abuse de la integridad de otro, puede ser sometido a juicio
de valor, pero éste es un problema social, no individual. Del mismo modo que es
social el hecho de que sean las mujeres, en su abrumadora mayoría, las que
están más expuestas y las que más peligros corren cuando se trata de la
prostitución y de la pornografía.
Entablar vínculos nos permite conocernos
a nosotros mismos y a los demás. Vincularse con el otro implica adaptarse, dar
y recibir, escuchar, percibir lo que el otro quiere, lo que no quiere e ir
acomodándose a eso. Ese ida y vuelta hace que los vínculos sean posibles.
¿Desde cuándo entonces, en la sexualidad, es que no importa el deseo del otro? ¿Qué
más indefensa que esa instancia de la entrega, qué más indefenso que el espacio
de la sexualidad, donde se da y se recibe placer? Es ahí mismo adonde se va a
atacar y a dominar, al que en esa circunstancia está en desventaja por
cuestiones de fuerza.
Como dijo Rachel Moran en su
discurso el 31 de marzo, en Dublín, en la movilización conocida como
#IBelieveHer: “I grieve for the loss of the intimate connection between men and
women that’s currently being destroyed by the normalisation of prostitution,
pornography and the fetishisation of sexual abuse in our culture” (“Me duele la
pérdida de la conexión íntima entre hombres y mujeres que se destruye
actualmente gracias a la normalización de la prostitución, la pornografía y la
fetichización del abuso sexual en nuestra cultura”).
La libertad y el falso
empoderamiento
Hay un comprensible mecanismo
defensivo en muchas personas a no victimizarse, a empoderarse como sujetos,
frente a situaciones de abuso. Claramente, no es sano verse a uno mismo, a
nivel subjetivo, como una víctima. Pero que eso se traslade a una regla para la
sociedad toda, sería como que una persona golpeada, queriendo empoderarse y no
victimizarse, acabe invisibilizando la violencia. O que cualquier persona que
sufra el tipo de abuso de poder que fuere, optara por mantener el silencio y
tolerarlo porque de ese modo se empodera y no se victimiza. Ése sería un
mecanismo que protege al violento, al perpetrador y que hace verdaderamente
efectivo el dominio. Una cosa es subjetivamente reconstruirse y empoderarse
luego de una situación de abuso y otra muy distinta es no hacer justicia y
dejar que pululen libremente los abusadores, los violentos y los que no
respetan la integridad y los deseos de los demás.
Si el visibilizado en una
situación de abuso o violación fuera el que abusa y no el abusado, como sucede
siempre en los casos de violencia patriarcal, sería todo muy diferente y este
asunto de la victimización ni siquiera surgiría. Pero, en cambio, ante las
denuncias, que todavía se invalidan tanto, todo parece mantenerse dentro de un
circuito interno de “género”, dentro de un circuito donde los hombres no parecieran
participar, ni siquiera para intentar resolver nada. No existen. Hay abusos,
violaciones, atropellos constantes a la integridad física de mujeres, personas
trans, niñas y niños, pero los que llevan a cabo todo eso siguen
invisibilizados. Como están inexplicablemente invisibilizados en la
problemática de la legalización del aborto, que parece ser un tema de mujeres,
cuando no habría necesidad de aborto si un hombre no hubiese embarazado a una
mujer.
Si bien la victimización puede
ser negativa cuando es excesiva, desde un punto de vista subjetivo, es un paso
esencial para reparar un daño. Y cuando se trata de un problema social, no
individual, esto adquiere un cariz muy distinto, porque cuando es social, se
debe generar una estructura que obstaculice, que desaliente los abusos. Para
eso es fundamental terminar con la idea de un falso empoderamiento que estaría
negando o subestimando el abuso y por ende, protegiendo a los perpetradores. No
es más que un método muy efectivo de seguir invisibilizando la violencia
patriarcal. Denuncio, modifico el statu quo y ahí me empodero.
Sabemos que la Real Academia
Española aún no encontró un modo de ocultar o disimular la hegemonía patriarcal
en el lenguaje, y dado que hay tanto por hacer, quizás sea demasiado pedir en
esta instancia, pero me disponía a hablar sobre la falsa idea de la libertad en
el ejercicio de la prostitución cuando me cruzo con la definición actual de
“Libertad”, según la RAE, y su doblez y descaro hablan por sí solos: “Del lat.
libertas, -ātis. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o
de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”.
Es la facultad natural que tiene
el hombre… Hasta ese punto está invisibilizada la mujer como sujeto en nuestro
idioma, al punto tal que la RAE misma nos termina confirmando lo que sospechamos
desde hace mucho, la libertad ni siquiera existe en términos reales y concretos
para el sujeto femenino en esta sociedad. ¿Cómo va a existir si no existe el
sujeto femenino en la definición?
A ese punto llega la invisibilización
de nuestra existencia real y Real.
El bien y el mal
Si todos y cada uno fuéramos sujetos
plenos, no habría “otros”… no del todo. Considerando que venimos de un todo
indivisible (el cosmos que integramos constituye un entramado indivisible),
nada, absolutamente nada, sería un “otro” separado del resto. Las subjetividades
pueden convivir maravillosamente articuladas entre sí. El único compás-brújula
moral, orgánico y universal, es el respeto por la integridad de los demás
sujetos, por el bien de los demás y por el propio, siendo que formamos parte de
un mismo entramado. Cuando algo que hago atenta contra la integridad de otro
sujeto, entonces ahí está el mal. Todo lo que promueva la expansión de las
singularidades, sin provocar un daño a la integridad de nadie, será el bien.
Las diferentes filosofías y religiones dicen esto de muchas maneras y con
muchos conceptos diferentes. Es una verdad universal, orgánica, que decanta por
sí sola. Lo fundamental es así de simple.
Cualquier forma de abuso de poder
implica la anulación de la subjetividad del otro, y en algunos casos esto va
acompañado de un goce perverso por lastimar. El sujeto en esa relación es sólo
uno y el otro es reducido a objeto y por eso se lo abusa. Toda vez que se anule
la subjetividad de alguien, que se invalide al otro como sujeto, vamos a ir
necesariamente por mal camino, por el simple hecho de que se asume algo falso.
El otro siempre es un sujeto, como yo siempre soy un sujeto. Siempre. Intentar
aplastar y anular al otro como sujeto, pasando por encima de su voluntad, de su
deseo, etc., necesariamente va a tener consecuencias negativas para todo el
entramado del que somos parte. La simple, simplísima, tarea que tendríamos por
delante sería no tomar ese camino, y optar, en cambio, por la fascinante
multiplicidad de otros caminos, lo que implicaría hacer un uso social,
colectivo, de la imaginación, con toda la potencialidad que eso tiene. Ésa
sería la alternativa más orgánica. Con sólo alejarnos de ese único mal, se
irían desprendiendo formas de vinculación y relacionamientos muy diferentes.
Hay algunos principios que sí son
universales y eternos, que están más allá de las circunstancias y de los
tiempos. Y si es como dice Hamlet, que hay más cosas entre el Cielo y la Tierra
que las que sueña la filosofía, eso significa que el camino a recorrer es
apasionante, misterioso, y que podríamos emprenderlo juntos, sin las trabas de
una interacción social rota por la opresión y la desigualdad.
La inocencia como acto
de resistencia
Preservar la inocencia es un
verdadero acto de rebeldía. En una sociedad tan rota como ésta, la inocencia es
una joya que hay que cuidar hasta las últimas consecuencias.
Por algún motivo extraño y
tristísimo, la bondad y la inocencia se convirtieron en sinónimos de simpleza, en
algo visto como signo de infantilidad e inmadurez. ¿Cómo sería el tránsito a lo
otro, a lo que supuestamente sería lo “maduro”? Sería un camino árido, gris,
escabroso, de una profundidad falsa, y tan real como cualquier otro posible o
imaginable, pero desprovisto de la cualidad fundamental para la entrega, que es
la capacidad más suprema que puede tener un ser humano… la inocencia.
Desde hace milenios que esto es
un patriarcado y claramente arrastra consigo mucho dolor y destrucción. El
desastre y la inoperancia del sistema de organización social que nos rige quizás
tengan todo que ver con el hecho de que es un patriarcado, aunque más no sea
por la simple razón de que al anular a uno de los dos sujetos constitutivos de
la sociedad, ya está en su misma esencia cometiendo un error objetivo. Los
modos femeninos de resolver problemas y de manejar situaciones nunca formaron
parte de este sistema y de su organización.
Para que haya una auténtica
igualdad de derechos entre hombres y mujeres, las mujeres debemos tener el
control absoluto de nuestro cuerpo y de nuestro deseo. La abolición de la
prostitución, entre otras tantas desigualdades a resolver, es un acto de amor
fundacional para un nuevo orden social, es un acto de amor a todas las personas,
hombres, mujeres, niños, niñas, a los vínculos humanos, al
sexo, al placer y a la verdadera libertad. Así lo entiendo y lo defiendo yo.
