2. GUIDO SPANO
El uniforme del colegio las iba a delatar, no se les había ocurrido llevar algo de ropa extra para taparlo. Por eso decidieron caminar por las calles de adentro, por una parte donde nadie las conocía. Ese día la niñera iba a ir a cuidar a Bernardo, y como él iba a querer jugar a la radio, ella no iba a tener más alternativa que llevarlo a la plaza. Bernardo insistía en jugar debajo de uno de los pinos y si no lo llevaban no paraba de gritar. Entonces las hermanas calcularon, cuidadosamente, que si llegaban de vuelta a las 12, nadie iba a sospechar nada. Tenían cuatro horas por delante; estaba nublado, pesado, y no tenían ganas de caminar.
Ninguna
de las dos había hecho la tarea para ese día. Lucrecia no veía bien y no había llegado
a copiar las consignas del pizarrón. Se rehusaba a ponerse los anteojos que le
había comprado la madre y arriesgarse a que Marcos dejara de gustar de ella. Las
caras cambiaban mucho por detalles como anteojos o cortes de pelo.
Primero
fueron por una calle que Lucrecia conocía bien; justo antes de empezar el
secundario, había recorrido en bicicleta zonas por las que no debía ir, pero
como los padres estaban demasiado ocupados con Bernardo, aprovechaba y se iba
todas las tardes. Ese día se había levantado con ganas de llorar y tenía miedo
de no poder contenerse enfrente de su hermana; pero no quería impresionarla.
Cuando
ya estaban en una zona alejada y menos conocida, apareció un hombre por la
vereda de enfrente que las miró con insistencia. Lucrecia, temiendo que cruzara
adonde estaban ellas, apuró el paso, le tomó la mano a Jazmín y empezó a hablar
en voz muy alta sin darse cuenta.
-Dale,
Jazmín, en dos cuadras llegamos a Pardo y compramos algo en un kiosko -la queja
inicial de Jazmín se transformó inmediatamente en una sonrisa ilusionada.
-A
mí comprame dos alfajores de mousse, me debés uno de la semana pasada -Lucrecia
la miró con mal humor y detectó que el hombre, sin dejar de mirarlas, se había
detenido en una parada de colectivo.
Antes
de llegar a la calle más bulliciosa de la zona, ya cerca de las 11, Lucrecia se
dio cuenta de que estaban pasando por lo de Juan José. De niñas, cuando las
mandaban a la casa de la señora que las cuidaba, se juntaban con un grupo de
chicos en el terreno baldío que estaba al lado. Él siempre se acercaba, pero
nunca jugaba. Miraba a todos con cara inexpresiva, y nadie parecía saber qué
decirle. Jazmín pegó un gritito cuando el perro de la casa les empezó a ladrar.
¡Era manchita, el perro de Juan José! Lucrecia miró hacia la ventana de la casa
y vio que se corría una cortina... Apuraron el paso y se alejaron de los
ladridos que hacían que la gente alrededor las mirara como acusándolas de algo.
Media
hora más tarde, mientras se limpiaban el chocolate de los alfajores con un
pañuelo, Lucrecia le dijo a la hermana:
–Jazmín,
te quiero preguntar algo, pero no te enojes.
–Ay,
¿qué me vas a preguntar?
–No
te podés enojar.
–¡Depende
de lo que me preguntes!
–No
te pregunto entonces.
–Dale,
tarada, ahora quiero saber…
-–¡No
me digas tarada!
–Perdón.
–Te
pregunto si me jurás que no te vas a enojar.
–Está
bien… –a Jazmín se le hizo un nudo en la garganta.
–¿Vos
sabés qué pasó con el perfume de Miriam?
–¿Qué
perfume de Miriam? –preguntó Jazmín frunciendo el ceño.
–Me
dijiste que no te ibas a enojar.
–No
estoy enojada.
Miriam
era la vecina. Durante su cumpleaños, dos meses atrás, había estallado en un
llanto incontrolable al descubrir que se le había perdido el perfume que le
acababan de regalar. Uno de frasco rosa con tapa plateada, que era carísimo.
–¿Por
qué me preguntás eso?
–No
sé, te pregunto solamente. A mí me podés decir, no le voy a contar a nadie.
–Se
le perdió, ¡qué sé yo!
–Está
bien, no te enojes.
Ya
cerca del mediodía, pasaron por un supermercado; con la plata que les quedaba, Lucrecia
compró un paquete de papas fritas saborizadas. Jazmín se había animado tanto
por la compra de las papas fritas y porque estaban por llegar, que no paró de
hablar de la coreografía que estaba armando con sus compañeras de baile. Si
justo se cruzaban con alguien y les preguntaban por qué llegaban más temprano,
les dirían lo planeado: “Faltaron las profesoras de la última hora”.
–Hola,
chicas –Jazmín pegó un salto y encontró a Miriam asomada por la medianera, mirándolas.
–Hola
–contestó Lucrecia.
–¿Por
qué están llegando tan temprano?
–Faltaron
las profesoras de la última hora –dijo Lucrecia mirando para otro lado.
–No
les creo.
Lucrecia
la miró con una sonrisa socarrona lista para responderle algo inteligente,
cuando Jazmín se deshizo en un ataque de pánico.
–¡Por
favor, Miriam, no digas nada! ¡No queríamos ir al colegio porque no hicimos la
tarea! ¡No digas nada, por favor te pido!
–¡¿Vos
me estás jodiendo?! –la increpó Lucrecia dándole un codazo que la hizo volver
en sí. Jazmín se dio cuenta de su error y se puso a llorar aún más.
–Calmate,
Jazmín, no voy a decir nada, ¿qué te pensás, que soy una buchona? –respondió
Miriam con tranquilidad.
–¿Y
vos por qué no fuiste al colegio? –le preguntó Lucrecia.
–Estoy
enferma... No voy a decir nada, pero si me dan el paquete de papas fritas.
Jazmín
dio un resoplido cargado de frustración y se fue corriendo al cuarto. Lucrecia entregó
el paquete que tenía en la mano.
–No
parecés enferma.
–Estoy
resfriada, tarada, ¿no ves que tengo la nariz tapada?
“Siempre
tiene la nariz tapada”, pensó Lucrecia.
Cuando
terminó de guardar la mochila, se asomó al cuarto de Jazmín y vio que acomodaba
los útiles con una tranquilidad sospechosa. Sin decir nada, entró y abrió el
primer cajón de la cómoda. Ahí estaba el frasco de perfume rosa con tapa
plateada.
–No
voy a decirle nada a nadie, pero yo también lo voy a usar.
–¡Está bien! –se quejó Jazmín.