6. ZAPATA

La despertó el sonido de llaves en la puerta. Inmediatamente después, oyó un golpe seco y entendió que había entrado.

Se quedó inmóvil en la cama y siguió sus pasos que se desplazaban por el living. Dejó algo metálico sobre la mesa ratona y avanzó a la cocina. A través de los párpados cerrados, notó que había encendido la luz, disparando ese sucio haz amarillento hacia todo el pulmón interno del edificio que estaba en penumbras.

Clara no encontraba una explicación lógica de por qué entraría al departamento así, intempestivamente, un martes cualquiera, después de tantos meses de no vivir más ahí. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué había ido… un día cualquiera, como si siguieran juntos, como si no hubiese pasado nada?

Trató, en vano, de moverse, de acercarse a algo, a un abrigo, a algo que la protegiera, para huir por la puerta que la llevaba directo al baño sin tener que pasar por el living, desde donde podría salir y gritar si era necesario. Aun con ese plan, asumió que él habría ido para hablar… quizás estaba preocupado, angustiado. O quizás había tomado de más y en un estado de confusión, había ido involuntariamente al lugar donde había vivido durante años.

Mientras él seguía en la cocina, seguramente haciéndose un sándwich, a Clara se le apareció la imagen de una tarde de lluvia torrencial debajo de la ventana, envuelta en el recuerdo de Luz cuando era chiquita… De ambas, sentadas en una hamaca doble, un poco mojada por la lluvia del día anterior, charlando como dos amigas de la misma edad y no como lo que eran, una mujer de treinta y una nena de seis, chiquita y frágil, que sostenía en la falda a su perra, demasiado grande y pesada. Y sus ojos fijos en Clara sin soltar el hilo de lo que decía, reteniendo su atención, sin dejar de cerciorarse con los bracitos de que no se le cayera la perra…

Escuchó el ruido de la heladera cerrándose, la oscuridad volvió a cubrir por completo el pulmón del edificio, y los pasos se detuvieron en el living. Clara intentó hacer un movimiento con el brazo que no pudo terminar… todo su cuerpo se sacudió ligeramente como en un espasmo.

Entró por debajo de la puerta una brisa helada que le hizo mover los pies y vio el Puente Jorge Newbery y a ella misma volviendo muy tarde a la noche, con el cuerpo lleno de aire, los ojos alegres, pero alertas, consciente de que no era una zona segura… pensando en Luis, a quien conocía desde hacía muy poco, pero cuyo cuerpo extrañaba.

También acudieron, como un vaho, las náuseas, el miedo de que se le notara la cara hinchada cuando caminaba por la calle… de que no se le desprendiera más de la piel la melancolía de esas flores rojas con capita blanca que no sabía cómo se llamaban, pero que concentraban tanta infancia, tanto futuro muerto, tanto de lo que se resistía a dejar atrás.

Se oyó el picaporte de la habitación, un cuerpo se deslizó hacia adentro y la puerta se cerró con una lentitud imposible. Él estaba adentro, con ella, muy quieto. Clara imaginó su mirada inexpresiva; la puntada en la muñeca de aquella vez que golpeó la puerta en un estallido del que nunca se creyó capaz.

Él, sin desvestirse, se acostó en la cama, haciéndola rebotar, y se quedó con el rostro vuelto hacia ella. Clara percibió el olor a calle y comprendió que tendría las mejillas frías. Hizo un esfuerzo inútil por abrir los ojos, por mover los brazos. Después de una serie de temblores y convulsiones, escuchó su propia voz lanzando un sonido muy ajeno que rompió la atmósfera encerrada.

Envuelta en un pánico absoluto, y después de lo que pareció una eternidad, logró abrir los ojos y realizar un movimiento completo con los brazos… Estaba sola. Tardó unos segundos en aquietar la respiración entrecortada y las ganas de gritar. Inhaló y exhaló profundamente mirando la persiana entreabierta por la que se filtraba la luz de la mañana.

Comenzaba a incorporarse en la cama, como reeducando al cuerpo a moverse, cuando oyó la puerta cerrarse y pasos que se alejaban por el pasillo.

Se puso de pie, abrió todas las ventanas y se lavó la cara. Después de encender la computadora, entró a la cocina. Estaba todo impecable, ni platos ni cuchillos sucios… ni siquiera una miga de pan en el piso.

Empezó a sonar una música que hacía mucho que no escuchaba y que parecía querer escaparse por la ventana abierta, “Insomnia” de Balanescu Quartet; frunció el ceño un poco extrañada, pero se sentó a la mesa dejando que los sonidos de la calle se mezclaran con la familiaridad de siempre.